La La Land

January 27, 2017 0 Comments

Videocrítica:

La La Land, del director-guionista Damien Chazelle (la impecable Whiplash) es uno de los mejores musicales que jamás haya visto —ciertamente, el mejor musical que se haya estrenado en cines en más de dos décadas. Enérgica, emotiva y profundamente sentimental, La La Land es una carta de amor al jazz, el cine, los musicales de los años 50, y las historias de romance. Se siente como una cinta a la antigua, pero contiene suficientes elementos contemporáneos u originales como para desarrollar sus propia identidad. No es necesario tener algún tipo de conexión emocional con los musicales de Fred Astaire o Gene Kelly para disfrutar de La La Land, pero ciertamente ayuda.

Al comenzar la película, Mia (Emma Stone) y Sebastian (Ryan Gosling) se encuentran en un atolladero de carros en las afueras de Los Ángeles. Chazelle nos deleita con un magnífico número musical en el que la mayoría de conductores se desfogan a través del baile y el canto, pero nuestros protagonistas no son partícipes de esto; ellos están metidos, todavía, en sus propios problemas, pensando en sus sueños. Mia quiere ser actriz, y Sebastian, un talentoso pianista, quiere dedicarse al jazz, pero la primera tiene que contentarse con trabajar como barista, y el segundo no tiene más remedio que tocar canciones de navidad en un restaurante manejado por un malhumorado Bill (J.K. Simmons).

Las cosas cambian, sin embargo, cuando eventualmente se conocen, y sí, se enamoran. Ambos deciden perseguir sus sueños más activamente, lo cual inicialmente funciona, pero eventualmente se dan cuenta que todo sueño tiene un costo. Mientras van pasando las estaciones (invierno, primavera, verano, otoño, y finalmente invierno otra vez), su relación va pasando por altibajos, lo cual resulta en un desenlace intensamente nostálgico y emotivo —por momentos, La La Land se siente como un cuento de hadas, optimista y enérgico, pero afortunadamente no se contenta con un típico “y vivieron felices para siempre”.

Cualquiera que haya disfrutado de los grandes musicales Hollywoodenses de los años 50, encontrará mucho que admirar en La La Land. Todo aspecto técnico y visual, desde la dirección de fotografía, la paleta de colores, los suaves movimientos de cámara (y planos largos) y hasta el vestuario algo anacrónico de los protagonistas —desafortunadamente, la gente ya no anda en terno con tanta frecuencia, fuera de las oficinas— hace referencia a este tipo de cine. Pero La La Land no se contenta con desarrollar nostalgia o “copiarse” de algunos triunfos del pasado; el filme se desarrolla en el presente y por ende logra desarrollar un estilo propio, como una suerte de mezcla entre lo antiguo y lo moderno, lo clásico y lo contemporáneo.

De hecho, ese es el tema principal de La La Land. Sebastian, igual que el mismísimo Damien Chazelle, ama el jazz, y en determinado momento expresa su frustración por la supuesta “muerte” del jazz, de la que se viene hablando ya hace años. Por otra parte, su amigo Keith (John Legend), que lo invita a formar parte de una banda, quiere mantener vivo el jazz a través de música más moderna, para llegar a la juventud. La película no se inclina hacia ninguna de sus propuestas —ambas son válidas, pero claramente Sebastian no puede durar mucho con el grupo de Keith. La nostalgia hacia lo antiguo es una parte muy importante de su vida, tanto personal como musical, y quiere seguir transmitiéndola, pero sin llegar a los extremos de Keith.

La transformación de lo antiguo a lo moderno, y la muerte de costumbres clásicas puede ser observada en otros momentos también. Durante el primer acto, Mia y Sebastian tienen una mágica cita en un viejo cine que está proyectando Rebelde sin causa, con James Dean. Varias escenas después, Mia pasa cerca del cine con su carro, y se ve que ha sido clausurado. Está muerto. Y en una escena en la que la vemos cenando con un “novio”, podemos escuchar a sus amigos quejándose de los cines tradicionales, diciendo que están siempre sucios y llenos de bulla y gente escribiendo en sus celulares, por lo que prefieren reemplazar dicha experiencia con sistemas más modernos de cine en casa.

¿Deberíamos tratar de salvar estos viejos lugares y este tipo de música en la que la gente joven ya no está interesada, o simplemente deberíamos seguir adelante? La La Land propone, tanto a nivel temático como a través de su estética, tanto tradicional como moderna, que no está del todo mal ceñirse por lo que gente comenzó hace años. Pero también es necesario que uno haga algo propio, homenajeando a los grandes de antaño sin copiarse del todo. 

Como era de esperarse, los números musicales son espectaculares. Ryan Gosling y Emma Stone no son los mejores cantantes que se hayan visto en la pantalla grande, pero pueden defenderse. Y a la hora de bailar, se desempeñan muy bien —desde el tap hasta movimientos más elegantes y suaves (y una escena en donde comienzan a flotar y luego los vemos bailando en silueta), ambos artistas demuestran que son perfectos para esta película. En ningún momento sentimos que están usando dobles o que lo que vemos en pantalla es falso; el hecho de que Chazelle prefiera los planos largos y los movimientos de cámara en vez de los cortes —realmente vemos a Gosling tocar el piano— ciertamente ayuda.

Considerando que se trata de una historia de amor y desamor, la química entre ambos protagonistas era absolutamente necesaria, y en ese aspecto ni Stone y Gosling decepcionan. Ambos son absolutamente creíbles en sus respectivos roles, haciendo que uno realmente pueda meterse en sus zapatos, por muy superficiales que puedan parecer sus sueños inicialmente. Son artistas, gente romántica y soñadora, privilegiados hasta cierto punto pero dispuestos a sacrificar de todo —desde el tiempo hasta el amor— para cumplir su cometido. La La Land es LA historia de Mia y Sebastian; ningún otro actor les roba el foco (aunque la breve aparición de J.K. Simmons, quien trabajó con Chazelle en Whisplash, es divertida).

La La Land es una película absolutamente optimista y enérgica, pero jamás llega a agobiar. Debo confesar haberla visto con una expresión casi permanente de alegría absoluta, pero también soy el primero en admitir que no se trata de una película cursi ni desesperante —el desenlace, absolutamente nostálgico y angustioso, debería ser prueba de ello. (Ayuda, también, el que encaje a la perfección con el tono y la temática general del filme). La historia no es nada del otro mundo pero funciona gracias a sus personajes irresistibles y carismáticos, y ciertamente ayuda el que las canciones sean pegajosas y divertidas. La La Land no tiene el mejor soundtrack que jamás se haya escuchado en un musical, pero al menos sus dos temas principales —“Audition” para Mia y “City of Stars” para Sebastian— resultan ser memorables.

Fui a ver La La Land con ciertas expectativas, por lo que me alegra mucho el poder admitir que las satisfizo todas. Impecablemente coreografeada, sorprendentemente escenificada, encantadoramente actuada y visualmente hermosa, La La Land merece todos los premios y las alabanzas que ha recibido hasta ahora, y más. Es una oda al jazz, el cine, el teatro, los musicales clásicos y el amor; ¿qué más podría desear uno en una película?

 

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