“¡Ayuda!” es lo más reciente de Sam Raimi (“Evil Dead”, la trilogía de “Spider-man”, “Arrástrame al infierno”), un cineasta que no es conocido por sus sutilezas, precisamente. Por ende, no deberían animarse a ver la película sin saber que se tratará de una jocosa mezcla entre comedia, horror, suspenso, gore y lo absurdo. Lo que tenemos acá es un filme de supervivencia enfocado no solamente en los esfuerzos de sus personajes por mantenerse con vida en una isla desierta, sino también en dos personalidades totalmente opuestas que chocan en un contexto difícil.
Después de todo, tenemos a un jefe llamado Bradley Preston (un odioso Dylan O’Brien) que no podría sentirse más fuera de lugar en un ambiente de naturaleza, animales y peligros. Y por otro lado, tenemos a una oficinista llamada Linda Liddle (la siempre excelente Rachel McAdams) que, habiendo siempre sido una fanática de la serie de televisión Survivor y de la literatura de naturaleza y supervivencia en general, se siente súper cómoda en un ambiente que, por fin, le deja mostrar sus considerables habilidades. Es un contraste interesante de dos personajes cuyos roles se invierten en esta situación tan complicada y cuyos conflictos van escalando hasta llegar a un clímax violento y satisfactorio.

Porque antes de sufrir un accidente de avión y caer en una isla desierta en el océano cerca de Tailandia, Linda no podría haber sido caracterizada de forma más precisa: es una chica que ha estado trabajando en la misma empresa por siete años, que es extremadamente inteligente y capaz, y que sabe que merece un ascenso. Pero cuando el hijo del dueño se convierte en el nuevo presidente, todos sus sueños son rotos. Bradley es caracterizado como un chico blanco y privilegiado machista y arrogante, que prefiere darle más ventajas a sus amigos del golf o la universidad, que premiar a quienes de verdad trabajan en la empresa.
Es decir, lo que tenemos acá es un choque entre alguien que siempre ha creído en la meritocracia y un jefe que sabe que eso no existe, y que todo lo valioso está en los contactos y en el aspecto social del trabajo. Es verdad que Linda es un poco malaspectosa —aunque, valgan verdades, no resulta para nada fácil hacer que McAdams se vea poco atractiva; come en la oficina y, al parecer, hasta huele mal. Pero nada de eso justifica la forma en que Bradley la trata, y mucho menos las burlas por las que pasa.
Pero todo cambia, como se ha dicho, una vez que se convierten en los únicos dos sobrevivientes de un accidente de avión. Mientras que la novia supermodelo de Bradley, Zuri (la estatuaria Edil Ismail) lo busca, tanto él como su exsubordinada tienen que hacer de todo para sobrevivir en medio de lo salvaje. Y felizmente para ambos, Linda es una experta cazando, pescando, armando toldos y hamacas con hojas y ramas, y en general, construyendo un espacio vivible en medio de la isla. Pero como se deben imaginar, nada de esto cambia la actitud de Bradley, al menos al inicio. Por más que ahora dependa de Linda; por más que sus roles se hayan invertido, sigue siendo el mismo tipo arrogante y desagradable de siempre. Esto resulta, por supuesto, en momentos tanto graciosos como tensos.

McAdams está espectacular como Linda, interpretándola como una mujer de pocas habilidades sociales —no tiene amigos ni pareja, y vive en un pequeño departamento con un loro—, pero mucha inteligencia, que al llegar a la isla por fin encuentra un ambiente que la deja ser. Resulta interesante que, una vez que se acostumbra a la naturaleza, “¡Ayuda!” deje de “afear” a McAdams, en particular en una escena donde se baña en una cascada, mirándose en el reflejo del agua, soltándose el pelo y la ropa. Su exterior comienza a reflejar su interior más cómodo, lo cual le permite mostrarse tal y como es, y no como era antes.
Por su parte, O’Brien desarrolla a Bradley como lo que antes creíamos podría ser un estereotipo, pero ahora —espero— sabemos es una realidad. Es decir, lo interpreta como un “hijito de papá” privilegiado y antipático, que solo piensa en sí mismo y que cree ser dueño del mundo y de la gente que trabaja para él. Hay momentos en los que muestra algo de vulnerabilidad y humanidad, lo cual ayuda a que Bradley no se convierta en una caricatura andante. Pero nuevamente: Raimi no es un director de sutilezas, por lo que el personaje se mantiene consistente la mayor parte del tiempo —cuando está feliz, cuando se burla de alguien, cuando sufre, cuando está enfermo en la isla, cuando se ve obligado a trabajar por su supervivencia.

En términos generales, “¡Ayuda!” es una experiencia de terror y algo de humor absurdo que, para mi sorpresa, incluye algunos momentos de sorprendente y chocante gore y sustos. Entre ellos, se encuentran la escena en la que Linda se ve obligada a cazar un cerdo salvaje (terriblemente violento), o la secuencia de sueño, en la que el espectador termina saltando debido a un espectacular jump scare (con zoom-in súbito y todo). Pero lo mejor de “¡Ayuda!” es que nos muestra dos interpretaciones no-tan-distintas de gente que puede llegar a ser despiadada en las situaciones correctas. Un jefe terrible que ahora depende de alguien que consideraba más débil, y esta última, que ahora cuenta con mucho más poder que nunca (lo cual resulta en decisiones potencialmente violentas y sorprendentemente despiadadas).
“¡Ayuda!” es una cinta muy divertida que, al ser de Sam Raimi, no se contenta con pertenecer a un solo género. Tenemos terror y gore, pero también suspenso y algo de drama entre personajes, y, por supuesto, comedia negra y absurda. Y claro, el filme cuenta con ciertas características propias del cine de Raimi, como los planos macro de ojos, bocas y expresiones en general; un cameo muy sutil por parte de Bruce Campbell y la aparición del carro de la juventud de Raimi. “¡Ayuda!” es extremadamente divertida y por momentos imprevisible, y se ve beneficiada por dos actuaciones valientes e intensas —imposible no convertirse en fan de McAdams con esta película, si no lo eran ya. No me imagino el filme sin su carismática e hipnotizante presencia.
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