El día después de mañana (2004)

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“El día después de mañana” (2004, Roland Emmerich) se considera como una de las películas menos precisas a nivel científico que se hayan hecho (junto con “Armageddon” (1998), de Michael Bay), no porque no tenga sentido alguno, sino más bien por cómo estira conceptos verdaderos. Lo que sucede en la película podría de verdad pasar, solo que no de forma tan rápida e intempestiva, sino más bien a lo largo de muchísimos años (cientos, miles). Esto es algo que, de hecho, uno de los personajes menciona al inicio de la historia, lo cual evidentemente termina siendo falso (al menos para los personajes de la película).

Pero me adelanto un poco. Recuerdo que vi esta película en el cine hace veintiún años (¡¡!!) y me gustó tanto que luego la vi varias veces más en casa, en formato DVD. Hay algo, pues, en “El día después de mañana”, al igual que en varias otras cintas de desastres (muchas de las cuales también fueron dirigidas por Emmerich), que resulta seductor, por más que trate sobre el fin de la humanidad. Pueden ser los efectos visuales, los personajes arquetípicos o incluso la sensación de que esto podría pasarle al mundo… pero todavía en muchos años más. Opciones hay. El caso es que, por más que haya sido destruida por la crítica especializada en su momento, “El día después de mañana” ha logrado calar en el público, tanto así que el título del filme es a veces usado como sinónimo de “fin del mundo”.

Porque al final del día, de eso trata la película. O al menos del mundo que todos conocemos. Nuestro protagonista es el científico y climatólogo Jack Hall (Dennis Quaid), quien al principio de la historia intenta advertirle a todo el mundo que el cambio climático es real y que cosas terribles se vienen. Pero nadie le hace caso —ni su jefe ni el vicepresidente de los Estados Unidos, Becker (Kenneth Welsh).

Pero como el protagonista de este tipo de película siempre tiene la razón, no pasa mucho tiempo para que comiencen a llevarse a cabo toda suerte de cambios climáticos terribles alrededor del mundo. Los Ángeles es devastada por una serie de tornados, los cuales incluso llegan a destruir el famoso letrero de Hollywood. Y Nueva York, donde se encuentra el hijo de Jack, Sam (Jake Gyllenhaal), comienza a ser azotada por una lluvia terrible. Pero lo peor está por venir. Un colega británico de Jack, Terry Rapson (Ian Holm, Q.E.P.D.), le advierte que todo el hemisferio norte del planeta será cubierto de megatormentas que congelarán todo lo que esté a su paso, y como no podría ser de otra forma, una de ellas pasará por Nueva York. Así que, con la ayuda de sus amigos Frank (Jay O. Sanders) y Jason (Dash Mihok), Jack decide ir en carro y luego caminar de Washington a Nueva York para rescatar a Sam y sus amigos, el nerd Brian Parks (Arjay Smith) y la chica que le gusta, Laura Chapman (Emmy Rossum).

Todo en “El día después de mañana” está exagerado al mil por ciento. Las tormentas son enormes, las lluvias parecen haber sido sacadas del Viejo Testamento, y los extras de la historia mueren ahogados, aplastados, arrastrados y congelados. Es todo extremadamente apocalíptico, tal y como uno lo esperaría de un filme como este, y funciona para que se vaya desarrollando una palpable sensación de peligro para nuestros protagonistas. Ahora, a diferencia de algo como “Día de la Independencia” (1997), también de Emmerich, “El día después de mañana” se siente un poquito más verosímil justamente porque su premisa está basada en ciencia real. Lo único es que, como se ha establecido ya, aquella base es utilizada como punto de partida para desarrollar algo totalmente ficticio y exagerado.

No obstante, es prácticamente innegable que “El día después de mañana” funciona muy bien como una película de desastres. Las secuencias de tensión y muerte no se hacen esperar y todas están dirigidas con aplomo. Destacan, por supuesto, la destrucción ya mencionada de Los Ángeles; la inundación de Nueva York; el congelamiento de la campiña escocesa; y hasta una secuencia sorprendentemente tensa donde Sam y sus amigos tienen que huir de unos lobos (¿?) que se escaparon del zoológico. “El día después de mañana” se siente enorme, lo cual es doblemente sorprendente considerando la relativa antigüedad del proyecto.

Evidentemente, ayuda que los efectos visuales sean todos de primer nivel y que, más de veinte años después, luzcan excelentes. “El día después de mañana” salió en la época en la que estábamos pasando de lo analógico a lo virtual; de filmar en celuloide a grabar en digital, y de usar maquetas y sets, a depender de efectos visuales digitales. Y esa mezcla de diferentes técnicas se hace evidente en el producto final, lo cual ayuda a que luzca realmente bien. Tenemos planos totalmente sintéticos como el del glaciar antártico al comienzo de la película, pero también maquetas realistas durante la destrucción de Nueva York. Y por supuesto, lobos completamente digitales, pero también sets enormes como el de la biblioteca de la Gran Manzana, donde Sam y los demás guardan resguardo.

Ahora, no voy a tratar de convencerlos de que “El día después de mañana” es una obra maestra incomprendida. Es un blockbuster puro y duro, que utiliza nuestros miedos —bien fundamentados— para desarrollar una experiencia de entretenimiento y nada más, donde lo que ocurre en pantalla es tan absurdo que sabemos que no pasará así. Sin embargo, el filme funciona no solo gracias a la dirección de Emmerich y al apartado visual, sino también a los personajes. Jack es un protagonista suficientemente heroico que, como buen personaje del cine de desastres, tiene que aprender a ser mejor padre. Sam es un chico con el que los miembros más jóvenes del público pueden empatizar. Y agradezco que el vicepresidente, que inicialmente es presentado como un antagonista, no termine siendo un político estereotípicamente necio y maligno.

Me dio gusto ver “El día después de mañana” después de tanto tiempo. No porque haya sido la mejor película de desastres que haya visto en mi vida, sino más bien porque se sintió igual de fresca, sincera, arquetípica y ridícula (a propósito) como hace más de veinte años. Secuencias como las de los lobos dejan bien en claro que no es un filme que debe ser tomado completamente en serio, pero igual funcionan como valientes ejercicios de tensión pura. Los efectos visuales son verdaderamente impresionantes, lo cual, debo decir, me sorprendió gratamente, y cómo odiar una cinta que de alguna forma se burla del pensamiento antimigratorio del norteamericano promedio (si no la han visto todavía, ya verán cómo). “El día después de mañana” es la película perfecta para los fanáticos de este tipo de cine y quienes estén en casa buscando una experiencia rápida, furiosa y tanto fatalista como esperanzadora. No será una película navideña, pero igual la pasé bien viéndola este fin de año.

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