Basada en la popular novela del mismo nombre de Freida McFadden (que ya cuenta con tres secuelas, dicho sea de paso), “La empleada”, de Paul Feig, es un thriller bastante excéntrico e intenso que logra convencer gracias a una sucesión alucinante de giros narrativos y harta violencia, sexo y traiciones. Claramente no es una experiencia que deba tomarse muy en serio, sino más bien como un thriller cursi y explotador, de los que se hacían con más frecuencia hace veinte o treinta años. De hecho, si ignoran algunos de sus vacíos argumentales y el hecho de que dura por lo menos quince minutos más de lo que debería, no cuesta creer que “La empleada” se haya convertido en todo un fenómeno de masas.
“La empleada” tiene como protagonista a Millie (la ahora controvertida Sydney Sweeney), una chica que está en libertad condicional luego de haber pasado diez años en la cárcel, y que ahora, desesperada, busca trabajo. Es así que termina aplicando al puesto de empleada “cama adentro” en el hogar de la acaudalada familia Winchester y es eventualmente aceptada por Nina (Amanda Seyfried), quien parece ser la ama de casa ideal. No obstante, una vez que Millie se pone a trabajar, se va dando cuenta de que la realidad no es tan perfecta, especialmente cuando su nueva jefa comienza a actuar de manera errática y hasta a veces manipuladora.

No obstante, trabajar para los Winchester tiene sus ventajas. Por un lado, la hija de Nina, Cece (Indiana Elle), se lleva bastante bien con Millie. Pero por otro lado y más importante, la cabeza del hogar, el magnate de la tecnología Andrew (Brandon Sklenar), se convierte en una suerte de protector para Millie, especialmente cuando esta es maltratada por su esposa. Poco a poco, la relación entre empleada y empleador se va desarrollando, mientras nuestra protagonista va pensando en cómo eventualmente podrá salirse de esta situación incómoda. Pero como todo buen thriller, “La empleada” no siempre toma el camino fácil y, de hecho, incluye bastantes pistas de que hay algo “más” que los Winchester esconden. Entre ellas se encuentra el misterioso jardinero italiano de la casa, Enzo (Michele Morrone), quien parece saber más de lo que le gustaría admitir.
Por lo que tengo entendido —no he leído el libro—, la obra original de McFadden terminó siendo todo un éxito debido a lo imprevisible y chocante que es y, por supuesto, gracias a la gran cantidad de giros narrativos que incluye. Bueno, su adaptación cinematográfica no es la excepción. Lo que tenemos acá es un thriller que hace un buen trabajo manteniendo al espectador al borde del asiento, siempre impaciente por ver lo que sucederá después, y consciente de que los conflictos principales nunca tienen explicaciones o soluciones fáciles. Quizás es también porque vi “La empleada” en un avant-première lleno de fanáticas de la novela, pero resulta prácticamente innegable que el filme logra provocar reacciones viscerales en el espectador, especialmente mientras la relación entre Millie y Andrew se va haciendo más intensa.
No obstante, ese no es el único foco de “La empleada”. La película tiene bastante más para ofrecer, y de hecho, una vez que nos presenta sus últimos giros, logra convertirse en una experiencia memorable —de las más entretenidas que he tenido en el cine este año, lo crean o no, por más que igual cuente con ciertas deficiencias. Entre ellas se encuentra su duración de más de dos horas. No es que una cinta como “La empleada” no pueda durar bastante; es el hecho, más bien, de que a nivel estructural, la historia llega a un clímax natural muy pronto, seguido de una suerte de epílogo explicativo que resulta un poco tedioso. Una versión quince o veinte minutos más corta de “La empleada” se sentiría más ágil e impactante y ciertamente no cansaría.

Refrescante ver, en todo caso, un thriller para cines que se siente verdaderamente adulto, no porque lidie con temas de forma particularmente madura, sino más bien porque no ha sido censurado o suavizado para apelar al público adolescente. “La empleada” es el tipo de experiencia explotadora que hace uso de violencia y sexo para otorgarle algo de color a la historia, pero también para que las decisiones de los personajes causen mayor impacto. Es interesante porque, por ejemplo, las escenas de sexo no son grabadas de forma gratuita ni con un Male Gaze exagerado, sino más bien de forma casi idealizada, dejando en claro que son parte de una fantasía que eventualmente —e inevitablemente— será destruida.
Temáticamente hablando, en todo caso, “La empleada” nos dice mucho sobre las injusticias del mundo y de cómo ciertos tipos de personas —acaudaladas, privilegiadas, de un sexo en particular y con mucho carisma— casi siempre van a poder salirse con la suya, aplastando a quienes consideren como inferiores y ejerciendo control. En ese sentido, hay mucho con qué relacionarse en “La empleada”, especialmente por la visión que tiene de relaciones abusivas de poder y la forma en que la gente de menos recursos es tratada por la sociedad en comparación con los millonarios. Son observaciones poco novedosas, quizás, pero que resultan importantes para la narrativa y, honestamente, se sienten todavía muy relevantes hoy en día.

Las actuaciones ayudan a que “La empleada” se sienta relativamente verosímil, por más que ciertos momentos entren a un territorio más bien telenovelesco o melodramático. Sydney Sweeney da una actuación correcta como Millie, interpretándola como una chica que tiene todo que perder y que necesita de este trabajo para poder sobrevivir, por más que comiencen a abusar de ella y manipularla. No se trata de una interpretación magnética, necesariamente, pero sirve para que el personaje funcione. Amanda Seyfried, en contraste, se roba el show, brillando al interpretar a una Nina engañadoramente desequilibrada, que ciertamente cuenta con varias facetas. Y la actuación algo acartonada de Brandon Sklenar ayuda a que Andrew se sienta como un hombre lleno de secretos y quizás menos benevolente de lo inicialmente esperado.
“La empleada” es un thriller que funciona en el momento; que depende un poco mucho de coincidencias, y que se deleita en poner a sus personajes en situaciones cada vez más complicadas y enredadas. Pero es precisamente por todo eso que la película funciona, a pesar de tener una estructura curiosa y demasiado extensa. Las actuaciones son todas de buen nivel, los giros narrativos son ejecutados con estilo e imprevisibilidad, y el guion en general hace un buen trabajo jugando con las expectativas, los prejuicios y lo mucho (o poco) que el espectador sabe sobre los personajes. La pasé bien con “La empleada”; de hecho, no me importaría que adapten los otros tres libros de McFadden al cine. Si a esta primera película le va bien en la taquilla, seguro que lo harán.
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