Increíble pensar que “Tiburón” haya cumplido cincuenta años. Después de todo, es una de esas películas que no envejece no importa cuanto tiempo pase, y que parece haber sido parte de la cultura popular occidental básicamente desde siempre. Todo el mundo conoce la banda sonora de John Williams y reconoce el tema principal minimalista. Todo el mundo se sabe las líneas de diálogo icónicas (“necesitaremos un bote más grande”). Y todavía estamos viviendo las consecuencias del estreno de “Tiburón”, considerado por muchos como el primer blockbuster millonario: la primera película en generar más de cien millones de dólares en ganancias, y en ser disfrutada por prácticamente todo el planeta.
Mucho se puede escribir sobre la importancia de “Tiburón” en la historia del cine, entonces. Y sobre lo bueno y lo malo que trajo consigo. Muchos consideran su mera existencia como el comienzo de la uber-comercialización del cine, y la proliferación de filmes que favorecen el espectáculo por sobre una buena historia. Pero curiosamente, siendo “Tiburón” una película de Steven Spielberg (quien además la hizo cuando tenía solo veintisiete años; ¡maldito!), justamente funciona todavía porque nos narra una buena historia. Porque se trata de una experiencia impecablemente dirigida, y porque logra generar un nivel casi inaguantable de suspenso a través de una historia que muy fácilmente podría haberse convertido en una cinta tipo serie B más del montón. “Tiburón” no es cualquier película.

Ahora bien, lo gracioso es que la novela original en la que está basada “Tiburón” sí es, hasta cierto punto, una historia tipo serie B. Leerla resulta interesante, hasta divertido, pero las diferencias entre libro y película son numerosas y considerables. La obra de Peter Benchley (quien también coescribió el guion de la cinta) contiene varias subtramas de naturaleza gratuita, incluyendo un romance ilícito y el desarrollo de una relación entre el alcalde de Amity y la mafia local. No está mal, necesariamente, que la novela incluya todo eso, pero el filme de Spielberg terminó por demostrar que igual era posible contar la trama principal sin tanto relleno. “Tiburón” la película es una experiencia sencilla pero intensa, que va directo al grano sin sentirse simplista o sonsa.
El protagonista de “Tiburón” es Martin Brody (Roy Schneider), el jefe de la policía de la isla de Amity, recién llegado de Nueva York con su esposa Ellen (Lorraine Gary) y sus dos hijos. El hombre, quien decidió cambiar de ambiente para alejarse de la bulla y problemas de la gran ciudad, termina encontrándose con una situación inesperadamente complicada: un tiburón enorme ha llegado a las aguas que rodean la isla, y ha comenzado a comerse a la gente, comenzando por una chica, y pasando por un perro y un niño (¡!). Lamentablemente, el verano está a punto de comenzar, por lo que, por más de que las víctimas vayan aumentando, el alcalde de Amity (Murray Hamilton) se niega a cerrar las playas. Después de todo, las vidas y negocios de la isla dependen del dinero que se hace en temporada alta; con las playas cerradas en pleno verano, Amity se podría ir a la quiebra.
Pero al tiburón poco le importan las necesidad económicas de los pobladores de la isla, por lo que los ataques siguen mientras el alcalde vive en otra realidad. Es así que Martin decide aliarse primero con un joven científico de un instituto marino llamado Hooper (Richard Dreyffus) y luego con un excéntrico pescador viejo llamado Quint (Robert Shaw) para salir al mar y capturar a la criatura. Pero como se deben imaginar, encontrar y matar al tiburón termina siendo tarea difícil, especialmente una vez que el trío se da cuenta que se trata de un animal ridículamente grande, fuerte y sediento de sangre.

La premisa de “Tiburón”, entonces, no es para nada complicada. De hecho, el título resume muy bien de qué se trata la historia: es, efectivamente, sobre un tiburón. Y un tiburón que comienza a aterrorizar a una isla llena de turistas, razón por la que tiene que ser acabado. Eso es todo. No obstante, no se puede subestimar la manera en que “Tiburón” terminó afectando a las diferentes audiencias de todo el mundo, tanto así que se estima que la cacería de tiburones aumentó considerablemente en los meses posteriores al estreno del filme en cines. Lo cual es una pena, ya que dichos animales en la vida real no suelen atacar humanos, y ciertamente no son ni tan agresivos ni tan vengativos (¡!) como el antagonista de esta cinta.
Si decidimos ignorar todo aquello, sin embargo, “Tiburón” termina siendo uno de los mejores thrillers jamás hechos. Se nota que se trata de una producción antigua —por la calidad de imagen, por el vestuario, por la tecnología anticuada, por la falta de teléfonos celulares—, pero fuera de eso, no hay nada en la cinta que se sienta inferior a cualquier producción contemporánea de similar corte. Evidentemente, muchas películas de tiburones se han hecho en los últimos cincuenta años, pero casi ninguna ha logrado igualar a “Tiburón”, y mucho menos superarla. La maestría de la dirección de Spielberg acá simplemente no tiene igual, lo cual es doblemente sorprendente considerando, nuevamente, que el afamado cineasta solo tenía veintisiete años (¡¡¡!!!) cuando la hizo.

Consideren, por ejemplo, el que la criatura del título (apodada “Bruce”) aparezca únicamente por un total de cuatro minutos. La mayor parte del tiempo, Spielberg hace uso de planos de perspectiva, aletas sobre el agua, o recursos como barriles unidos al animal para dejar en claro que nuestros protagonistas están siendo asediados por un ser sanguinario. Es todo muy efectivo, y curiosamente, consecuencia de que el tiburón animatrónico que Spielberg tenía fallaba demasiado. El plan original era mostrar más a Bruce, pero como no era posible, Spielberg recurrió a la segunda mejor opción: mostrarlo únicamente cuando es necesario, dejándolo fuera de pantalla la mayor parte del tiempo para aumentar el suspenso y hacer que el público se imagine muchos de los actos que el animal comete.
Puede que inicialmente no haya sido a propósito, pero es increíble lo mucho que funciona la ausencia visual de Bruce. Lo que tenemos acá es una película que se toma su tiempo para establecer las personalidades de sus protagonistas y el conflicto central con el alcalde (uno de los personajes más odiosos de la historia del cine pero, curiosamente, uno que para el final es bastante humanizado), pero que a la vez, no se siente para nada lenta. Lo que hace acá la editora Verna Fields (“American Graffiti”) es ejecutar un milagro de montaje y ritmo, metiéndonos de lleno en una historia que hoy en día sería narrada de forma más simplista y apresurada. Si el tiburón termina impactando tanto para cuando finalmente aparece, es precisamente porque se mantuvo escondido por tanto tiempo, y porque uno se ha encariñado con los personajes.
Para esto último, las actuaciones son todas de suma importancia. Roy Schneider está perfecto como Brody, interpretándolo como un tipo preocupado, que claramente fue a Amity para escapar de una vida ajetreada, pero que ahora tiene que lidiar con situaciones imposibles. No es el personaje más complejo del mundo, pero funciona gracias a lo real que se siente. Por su parte, Robert Shaw convierte a Quint en un ícono; en un hombre que muy fácilmente podría haberse convertido en un estereotipo andante o una caricatura, pero a quien uno termina entendiendo perfectamente (en gran parte gracias a su estupendo monólogo sobre su participación en el hundimiento del ISS Indianapolis). Y Richard Dreyfuss, por supuesto, interpreta a Hooper como un joven entusiasta y enérgico, que quiere hacer bien su trabajo, pero choca constantemente con Quint. (Dreyfuss se llevó pésimo con Shaw durante el rodaje de “Tiburón”, lo cual seguramente ayudó a que las agresivas interacciones entre sus personajes funcionen).

Como se dijo líneas arriba, muchas subtramas de la novela original se eliminaron de “Tiburón”, pero eso no quiere decir que no haya nada más en la película fuera de lo superficial. Interesante, por ejemplo, que se revele que Hooper es de familia millonaria, lo cual hace que a Quint le caiga incluso menos, considerándolo como un niño rico que jamás ha hecho algo propio en su vida. O está, por supuesto, la inclusión del alcalde Vaughn de Murray Hamilton, quien representa a la ineptitud política en todo su esplendor, así como el favorecimiento del crecimiento monetario por sobre la seguridad ciudadana. Vaughn no es necesariamente una mala persona, si no más bien un político y un hombre de negocios por sobre un padre de familia.
¿Pero qué hay de lo que “Tiburón” nos hace sentir? El que casi no se muestre al tiburón mecánico no hace más que convertir al filme en un clásico del suspenso, en donde sus limitados efectos especiales no malogran la experiencia para nada. La película está llena de momentos que hacen saltar al espectador, desde la primera muerte de la chica nadando desnuda en el mar, hasta la aparición de un cadáver en el interior de un bote hundido, y por supuesto, el primer arribo del tiburón en el agua, detrás de un distraído Brody en el bote. “Tiburón” todavía impacta, y todavía debería ser capaz de hacer sudar y saltar al espectador más exigente que decida verla en el cine por su cincuenta aniversario.
Podría seguir y seguir escribiendo sobre “Tiburón”, pero tampoco quiero aburrirlos. Lo que tenemos acá es un clásico absoluto; una película que sabe exactamente lo que es, y que a pesar de los múltiples problemas que tuvo durante su rodaje, terminó convirtiéndose en el filme representativo de lo que Steven Spielberg es capaz de hacer. Los personajes son todos memorables y reconocibles y las actuaciones son prácticamente perfectas; el manejo del suspenso no tiene igual; la banda sonora de John Williams es simplemente sublime (aparte del famosísimo tema principal, hay un tema de “aventura” que me llamó mucho la atención en este último visionado) y la experiencia en general jamás se llega a sentir vieja. Increíble que hayan reestrenado “Tiburón” por su cincuenta aniversario. Si se la saben de memoria, deberían ir al cine para verla de distinta manera; y si nunca la han visto, esta es una oportunidad que definitivamente no deberían perderse.
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