La original “Toy Story” es la película que lo cambió todo. Luego del estreno y subsecuente éxito del filme de John Lasseter, la industria de la animación en Estados Unidos no volvió a ser la misma. Las caricaturas dibujadas a mano y la animación en 2D en general fue suplantada por mundos complejos y personajes en 3D, y empresas como Dreamworks o Bluesky comenzaron a salir, con todas las ganas del mundo de hacerle la competencia a la flamante Pixar. Ya dependerá de cada uno si es que piensa que esto fue algo bueno o algo malo. En lo personal, creo que el haber perdido el arte del 2D en el cine y haberle dejado a técnicas como el stop-motion únicamente a las empresas pequeñas no es bueno para la industria en general, pero esa es una conversación para otro día.
El caso es que “Toy Story” fácilmente pudo haber sido un desastre. El proyecto pasó por todo tipo de problemas, desde los creativos hasta los financieros y de producción. Y por supuesto, al hacer uso de una tecnología relativamente nueva, no todo el mundo confiaba en su realización; tanto así que alguien como Steve Jobs (fundador de Apple) terminó cumpliendo un rol fundamental en su financiación y apoyo en general. Además, el guion pasó por varias versiones, y hasta cineastas como (el ahora cancelado, y con justa razón) Joss Whedon terminaron afinándolo, como para garantizarle a Disney que el proyecto saldría bien.

Y felizmente “Toy Story” salió más que bien. Casi inmediatamente se convirtió en un clásico, el cual no solo obtuvo tres secuelas a lo largo de los años (con una cuarta cerca de estrenarse), sino también generó, como se ha dicho ya, toda una nueva industria, así como toda suerte de películas nuevas producidas por la misma Pixar. Sin “Toy Story”, el mundo de la animación norteamericana de hoy no sería el mismo, y de seguro que nunca habríamos llegado a ver filmes como “Shrek” o “La era del hielo”. O bueno, al menos no de la misma forma en la que eventualmente fueron estrenados.
¿Pero qué hay de la película en sí? Fuera de su impacto en la industria cinematográfica, si es que “Toy Story” no ha envejecido mucho y todavía funciona en el Año de Nuestro Señor 2025, es porque se trata de una experiencia sublime. La trama no es compleja pero funciona gracias a sus personajes bien delineados y diálogo memorable, y el producto final se termina sintiendo como algo bien pensado, tanto a nivel visual como de guion. El hecho de que Lasseter y compañía no se hayan enfocado únicamente en el apartado tecnológico del proyecto, sino también en la parte creativa, es lo que le permitió a “Toy Story” resaltar de entre varias otras propuestas. Sin una buena historia, la cinta nunca hubiese causado un impacto tan significativo.
“Toy Story” comienza con un prólogo en el que vemos al niño Andy (voz de John Morris) jugando con sus juguetes favoritos, incluyendo al vaquero Woody (Tom Hanks). Pero cuando el chico se va de su cuarto, nos enteramos de que dichos juguetes tienen vida, y esconden sus verdaderas personalidades de los humanos, organizándose y congeniando cuando no los ven. Woody es el líder de los juguetes del cuarto de Andy. El perro Slinky (Jim Varney) es su mano derecha, y Hamm (John Ratzenberger) le otorga la cuota de cinismo al grupo. Además, también están el sarcástico Señor Cara de Papa (Don Rickles); el irónicamente ansioso y cobarde Rex (Wallace Shawn); la sensual (¿?) pastora Bo Beep (Annie Potts), y el Sargento, líder de los soldaditos verdes (R. Lee Ermey).

Las cosas cambian en la habitación de Andy; sin embargo, con la llegada del soldado espacial Buzz Lightyear (Tim Allen), quien además no sabe que es un juguete, y está obsesionado con cumplir la supuesta misión que el Comando Estelar le ha dado. Poco a poco, dicho astronauta va superando en popularidad a Woody, tanto así que este, lleno de envidia, lo termina botando por la ventana del cuarto, aunque accidentalmente. Es así que el resto de juguetes se pone en contra de Woody, lo cual motiva a este a seguir a Buzz y a perderse junto a él. Obligados a trabajar juntos, ambos juguetes tienen que encontrar la manera de regresar a la casa de Andy antes de que el chico, su madre y su hermana pequeña se muden a otra parte.
“Toy Story” es una película sobre la envidia y cómo esta puede corromper a alguien desde dentro. Woody comienza el film como un juguete envidioso, que tiene miedo de perder el poder que siempre ha tenido en la habitación, y que quiere hacer todo lo posible por deshacerse de Buzz. Su arco de personaje es sencillo pero curiosamente humano: para el final, Woody se convierte en mejor persona (o juguete, jeje), dándose cuenta de que la colaboración y la amistad son lo que le permitirá convivir con Buzz en la habitación.

Además, ayuda el que Buzz sea una muy entretenida contraparte para Woody. Mientras que este último es un vaquero ansioso e inicialmente envidioso, el primero es una figura un poco más inocente, que vive una mentira y se rehúsa a ver la verdad de su naturaleza. Sus interacciones son de lo mejor que “Toy Story” tiene para ofrecer, con el vaquero tratando de convencer al astronauta de que es un juguete de plástico, y no un soldado espacial verdadero. Evidentemente, aquí es donde entra a tallar el trabajo de los actores de voz. El doblaje latino es bastante bueno (de hecho, crecí con aquella versión, y los diálogos en español son los que tengo grabados en la mente), pero Tom Hanks y Tim Allen están perfectos como Woody y Buzz, respectivamente. No solo están aquí porque son famosos, sino más bien porque son capaces de convertirse en estas figuras de personalidades tan específicas.
Por otro lado, “Toy Story” también funciona porque es una cinta ágil y entretenida. Puede que tenga una duración de tan solo 1 hora y 21 minutos (¡!), pero el filme nunca se siente pequeño ni poco ambicioso, llevando a sus personajes a locaciones diversas como una gasolinera, un restaurante temático con Arcade llamado “Pizza Planet”, la casa del vecino sádico llamado Sid (Eric von Detten), y hasta la calle, donde se lleva a cabo la persecución climática entre los juguetes y un camión de mudanza. Incluso para estándares modernos, “Toy Story” se mueve rápido, pero el trabajo de edición es tan bueno que nunca se siente como una experiencia frenética o hiperactiva. Puede que las secuelas sean más complejas y ambiciosas, pero hay algo encantador en la engañadora simpleza de esta primera “Toy Story”.
Ahora bien, considerando que lo que tenemos acá es la primera gran película de animación en 3D, “Toy Story” no luce mal. De hecho, aquellos que sepan poco del tema, seguramente ni se darán cuenta de lo primitiva que en realidad luce “Toy Story”. Esto se debe a varios factores. Uno es que hay muy pocos personajes humanos; los que sí aparecen lucen extraños e igual de plásticos que los juguetes, pero como no son el foco de la historia, no importa. También está la excelente calidad de la animación. Sí, las texturas son sencillas (y si uno se fija bien, hasta hay algunos fondos pixeleados o de baja resolución), pero los personajes están tan bien animados, que uno nunca duda de su verosimilitud. Woody se mueve como un títere, lánguido y con pasos largos; Buzz es más ágil y rápido; Cara de Papa se desarma con cualquier golpe o roce, y Rex es apropiadamente tieso. Todo está animado con personalidad y estilo, lo cual ayuda a compensar cualquier tipo de deficiencia técnica o tecnológica propia de la época.

Adicionalmente, la música de Randy Newman es otro de los factores que convirtieron a “Toy Story” en una experiencia tan memorable. Obviamente todo el mundo conoce la canción icónica del filme, “Yo soy tu amigo fiel” (también cantada por Newman), pero la banda sonora entera es lo que termina por cerrar la identidad audiovisual tan específica del proyecto. Hay algo bien old-school en el apartado sonoro del filme que, curiosamente, complementa a la perfección su identidad más bien nueva, y además va bien con otro de los temas centrales de la historia: lo nuevo que reemplaza a lo viejo. Así como Buzz no termina reemplazando necesariamente a Woody, todo el apartado tecnológico nuevo de “Toy Story” no termina reemplazando al trabajo de Newman, quien hace que el tono de varias escenas sea bien sincero y cercano.
Mucho más podría escribir sobre “Toy Story”. Sobre cómo los detalles que se ven en el fondo o en los objetos que se encuentran en el cuarto de Andy hacen que este mundo se sienta más verosímil y usado. Y sobre cómo el guion está lleno de frases memorables, como la ahora icónica “¡Al infinito y más allá!”, o “No estoy volando, estoy cayendo con estilo”. Todo en “Toy Story” encaja a la perfección, convirtiendo a la película en una experiencia que nunca envejecerá del todo y seguirá siendo disfrutada por muchos años más. Puede que haya sido la primera producción de su tipo, pero lo bonito de “Toy Story” está en sus personajes, los temas que desarrolla, y, como no, lo graciosa que es. No lo mencioné antes, pero “Toy Story” es la primera película que recuerdo haber visto en el cine, a los cuatro años. Por ende, volver a verla en la pantalla grande más de treinta años después ha sido todo un deleite, y una experiencia curiosamente nostálgica. ¡Al infinito, y más allá!
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