Drácula (1992)

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No es por nada, pero estoy disfrutando bastante de los reestrenos de películas clásicas de UVK Multicines (por más de que, lamentablemente, la empresa ya no cuente con demasiado complejos). Por ejemplo, aprovechando que ya se viene Halloween (o dependiendo de cuándo estén leyendo esto, que ya pasó Halloween), han reestrenado una versión remasterizada de la versión de 1992 de “Drácula”, dirigida por Francis Ford Coppola, y protagonizada por Gary Oldman, Keanu Reeves, Winona Ryder, y Anthony Hopkins. No se me ocurre una mejor manera de celebrar el Día de las Brujas (especialmente si son cinéfilos empedernidos).

Si no han visto esta película antes, pues deben saber que se trata de una adaptación relativamente fiel de la novela de Bram Stoker. Evidentemente, cuenta con algunas diferencias, muchas de ellas inspiradas en las adaptaciones previas de la historia a la pantalla grande (la película de Bella Lugosi, los filmes de la Hammer protagonizados por Christopher Lee). Y como siempre, hay ciertas omisiones o abreviaturas que deben ser incluidas, ya que una película no puede contener todos los detalles que se encuentran en un libro. Pero en términos generales, “Drácula” de Coppola es una de las adaptaciones más fieles que se pueden encontrar del famoso libro del vampiro, lo cual seguramente dejará contentos a los fanáticos de aquella obra.

Nuestro protagonista —al menos al inicio— es Jonathan Harker (Reeves), un joven abogado británico (ja) del siglo diecinueve, que es enviado por el estudio para el que trabaja a Transilvania, para realizar unos tratos con un viejo cliente, el misterioso Conde Drácula (Oldman). Al llegar, Harker no se demora en darse cuenta que algo está mal con el excéntrico conde, pero se ve obligado a omitir dichas preocupaciones en las cartas que le escribe a su joven novia, la inocente Mina Murray (Winona Ryder). De hecho, Drácula termina por encerrar a Harker en su castillo, mientras realiza los preparativos para mudarse a Londres, rejuvenecerse, y encontrar a la reencarnación de su joven amor perdido. No obstante, no cuenta con que el doctor Abraham Van Helsing (Hopkins) lo estará esperando, listo para deshacerse de tan maléfica criatura.

“Drácula” comienza de manera impactante, con un prólogo melodramático y estilizado, que nos cuenta todo sobre la historia pasada del conde: que fue un general que peleó en una guerra en nombre de Dios, que al regresar de su última batalla encontró a su novia muerta, y que renunció a Dios, enojado por lo que él sentía fue una traición. Se trata de un inicio verdaderamente potente, que además, nos dice todo sobre el tipo de interpretación que le ha dado Coppola a esta historia. Además, darle una motivación tan fuerte a Drácula, ayuda a justificar muchas de sus acciones a lo largo de la película, por más de que se trata de una fuerza maligna (y por más de que su química con Ryder no termine por incendiar la pantalla del cine, precisamente).

El resto de la película, como ya se ha dado a entender, adapta de manera bastante fiel la novela de Stoker. La llegada de Harker al castillo de Drácula logra desarrollar una palpable atmósfera de terror y tensión, mostrándonos momentos que, con el paso del tiempo, se han hecho icónicos: desde la invitación por parte del conde a Harker para que entre a su hogar, hasta cuando le dice “Yo no bebo… vino” (un diálogo extraído directamente de la película de Lugosi), o cuando prueba la sangre de Harker, lamiendo la navaja con la que se estaba afeitando. Esta versión de Drácula es teatral y un poco exagerada, pero va muy bien con el tono que le ha inyectado Coppola al filme.

Las escenas en Londres, por otro lado, no son menos interesantes. Evidentemente, la película maneja caracterizaciones muy propias de la época, haciendo que Harker parezca estar más interesado en la idea de casarse que en su novia per se (por más de que le diga que la ama), y haciendo que Mina sea una figura extremadamente pura e inocente, ligeramente interesada en el sexo, pero no tanto como su mejor amiga, la más experimentada Lucy (Sadie Frost). Y como suele pasar en este tipo de historias, la presencia del vampiro y la manera en que le chupa la sangre a sus víctimas es una metáfora del sexo, lo cual queda increíblemente claro con la escena introductoria de Van Helsing, en donde habla despectivamente de la libertad sexual, diciendo que “la civilización y la sifilización” han ido avanzado en paralelo.

De hecho, a falta de una mejor expresión, “Drácula” es una película extremadamente… cachonda. No es casualidad que la mujer más sexualmente liberada sea la primera en ser convertida en vampiro (y que cuando la extraen la sangre, comienza a gemir y gritar como si estuviera teniendo sexo, tocándose a sí misma). También tenemos a Drácula, convertido en una criatura, teniendo sexo con Lucy en un jardín. O a esta última y a Mina riéndose como colegialas, mientras hojean un libro de posiciones sexuales. O por supuesto, a Harker siendo chupado (y chupado) por las novias del Conde. Por algo Coppola decidió contratar a jóvenes y atractivas estrellas de Hollywood como sus protagonistas; esta es de las adaptaciones más sexuales que se hayan hecho del libro de Stoker hasta ahora.

Desgraciadamente, dicho cásting no funciona del todo. Ya mucho se ha dicho y escrito sobre la inclusión de Keanu Reeves en la película… y sí pues, su actuación no es particularmente buena. Su acento británico es caricaturesco, y en general, se le ve demasiado tieso, incómodo no solo cuando interactúa con Drácula, si no con cualquier otro ser humano en pantalla. Coppola ya ha dicho que lo eligió básicamente porque Keanu es lo máximo (¿y quién le va a discutir eso?), pero desgraciadamente, su interpretación no funciona. Quien más bien sí está increíble es Oldman como el famoso Vampiro, convirtiéndolo en una figura icónica (¿quién podría olvidar su famoso peinado de aspecto… testicular?), que no tiene miedo de exagerar y expresarse de manera teatral. Es una actuación muy divertida de ver, que además se diferencia muchísimo de las interpretaciones previas de tan famoso personaje.

Por su parte, Winona Ryder da una actuación cumplidora como Mina (de hecho, su acento británico es mejor que el de Reeves, al menos). Anthony Hopkins parece estar pasándola de lo lindo como Van Helsing, gritando e invocando a Dios y hasta riéndose como un loco en determinadas escenas; Hopkins es el tipo de actor que le puede inyectar mucha energía y pasión a un rol que, en el guion, quizás no es nada del otro mundo. Y actores como Sadie Frost (como Lucy), Richard E. Grant (como el doctor Seward, discípulo de Van Helsing), Cary Elwes (como el Lord Holmwood, novio de Lucy) y el mismísimo Rocketeer, Billy Campbell (como el americano Quincey P. Morris, quien está ausente en la mayoría de adaptaciones de esta historia) brillan en roles algo pequeños, pero no menos importantes.

Aparte del trabajo de adaptación y las actuaciones, lo que convierte a “Drácula” en una experiencia memorable es la dirección de Coppola. Ya se ha mencionado que se trata de una película sumamente estilizada. Pero lo que no se ha dicho que es que Coppola, junto a su hijo, Roman, usaron técnicas antiguas para darle vida a la historia, sin recurrir a efectos digitales. De hecho, el único efecto óptico en el filme son unas flamas azules que Harker encuentra llegando al castillo de Drácula. Todo lo demás fue hecho en cámara y de manera práctica, lo cual resulta en un producto final sumamente atractivo, que no ha envejecido para nada —todo, desde el vestuario (la armadura de Drácula que se asemeja a tejido muscular humano es simplemente increíble), hasta los peinados, los sets, y el uso de sombras y planos de punto de vista, contribuye a sumergir al espectador en la película.

Algunos han dicho ya que “Drácula” es la última GRAN película dirigida por Francis Ford Coppola. Y aunque ciertamente he disfrutado de algunas de sus propuestas posteriores, entiendo perfectamente a qué se refieren. Lo que tenemos acá es a un gran cineasta trabajando en el apogeo de sus poderes, mezclando una visión de autor muy específica con las necesidades de un blockbuster masivo (después de todo, la película recaudó más de trescientos millones de dólares a nivel mundial), para desarrollar una experiencia única e hipnotizante. “Drácula” es una película rara, estilizada, increíblemente cachonda y sangrienta, que sin llegar a ser perfecta (lo siento, Keanu), puede considerarse como una de las mejores adaptaciones de la novela de Stoker hasta el momento. Y es por todo esto que vale tanto la pena verla en una pantalla grande de cine.

Avance oficial:

90%
Puntuación
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