Una batalla tras otra

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Inspirada en la novela “Vineland” de Thomas Pynchon, “Una batalla tras otra” de Paul Thomas Anderson es un thriller épico de elementos satíricos y tono mixto, que balancea lo absolutamente absurdo con lo totalmente serio. Inspirada tanto en las realidades perturbadoras de los Estados Unidos del presente como en ideas revolucionarias y cíclicas de tiempos pasados, la película le permite al espectador conectar con la relación central entre padre e hija, mientras considera los conceptos presentados por un filme interesado en el contraste entre diferentes y radicales ideologías. Se trata de una experiencia fascinante e inesperadamente única, y ciertamente de lo mejor que he podido ver este año en cines.

“Una batalla tras otra” se lleva a cabo principalmente cerca de la frontera entre Estados Unidos y México, y tiene como protagonista a Bob (Leonardo DiCaprio), quien al principio de la historia trabaja como el encargado de los explosivos de la French 75, un grupo revolucionario al que vemos atacar un campo de migrantes mexicanos encerrados por el ejército. Bob está con Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor), una lideresa de la revolución, y una mujer tremendamente agresiva, llena de odio pero también dedicada a los ideales que supuestamente representa.

Juntos eventualmente tienen a Willa (una increíble Chase Infiniti), quien dieciséis años después es criada únicamente por Bob, luego de la desaparición de Perfidia. Padre e hija viven relativamente tranquilos en un pueblo cerca de la frontera, hasta que el Coronel Steven J. Lockjaw (un excelente Sean Penn) regresa en busca de ellos. Resulta que dicho líder militar fue humillado por Perfidia durante el ataque al campo de migrantes, y considera tanto a ella como a su familia como sus más acérrimos enemigos. Es por eso que Bob y Willa se ven obligados a escapar, eventualmente separándose debido a las acciones del ejército. Empecinado en encontrar a su hija, Bob recibe la ayuda del maestro de artes marciales de Willa, el Sensei Sergio St Carlos (Benicio Del Toro), quien le enseña el camino que tendrá que tomar para reunirse con la chica.

Pocas veces uno sale del cine pensando que lo que ha visto es verdaderamente único, pero eso es precisamente lo que me pasó con “Una batalla tras otra”. La forma en que Anderson mezcla tonos es envidiable, haciendo uso de imágenes que hacen referencia al tratamiento de migrantes latinos por el gobierno de Trump, mezclándolas con algo de slapstick (especialmente por parte de DiCaprio), escenas de violencia, y hasta secuencias de emocionante acción (como una persecución climática en una pista en medio del desierto que sube y baja, sube y baja). Es todo fascinante, y ayuda a convertir a “Una batalla tras otra” en una experiencia que quizás no será para todo el mundo, pero jamás podría ser calificada como genérica.

Lo que el filme nos propone, además, es una visión relevante de la mentalidad revolucionaria frente a un grupo de líderes que lo controlan todo “desde las sombras”. Lockjaw quiere pertenecer a un club de temática navideña (¿?) que es igual de radical que el Ku Klux Klan, sus miembros obsesionados con la “pureza de raza”. Dicho villano, entonces, se obsesiona con encontrar a Bob y Willa porque quiere “corregir un error del pasado”; en otras palabras, asegurarse de los orígenes de la chica y, si es necesario, deshacerse de ella. Lockjaw ya es parte de las fuerzas autoritarias y agresivas del gobierno, pero quiere subir de rango; pertenecer a un club tan exclusivo que pocos conocen de su terrible existencia.

Como todo buen racista, queda claro que Lockjaw odia a quienes son diferentes a él, pero también los desea. Profesa tenerles asco a los afroamericanos (y a los nativos americanos, y a los latinos, y…), pero a la vez, se obsesiona con Perfidia desde que esta lo humilla sexualmente cuando ataca su base de operaciones. Aquella relación tóxica e ilógica con gente de otro color de piel no hace más que convertir a Lockjaw en uno de los antagonistas más desagradables que haya visto en un buen tiempo. Sean Penn lo interpreta con suficiente intensidad, mostrando un control envidiable de su lenguaje corporal y diálogo para nunca entrar a territorio caricaturesco. Lockjaw es patético y contradictorio, sí, pero también es intimidante y peligroso.

Por otro lado, tenemos a los exrevolucionarios, aquellos que combaten a las autoridades violentas y racistas y quieren cambiar el mundo. Curiosamente, estas figuras no son presentadas de forma totalmente heroica, sino más bien como humanos fallidos y por momentos ridículos. Perfidia, por ejemplo, es una mujer (aparentemente) de ideales fuertes y violenta, que se pasa de la raya más de una vez y, eventualmente, termina ignorando y abandonando a su familia. Puede que haya comenzado su trabajo con la idea correcta, pero al final da la impresión de que se quedó más con la forma que con el objetivo de la revolución. Que le gustaba hacer ciertas cosas, sin que necesariamente le importe el porqué.

Y por supuesto, está también Bob, impecablemente interpretado por DiCaprio. Siendo él un Héroe de la French 75, pero también alguien de rol relativamente insignificante, lo vemos cambiar a lo largo de la película, pasando de ser alguien proactivo a un hombre que toma, fuma marihuana y sale hasta tarde en vez de seguir peleando. Pero una vez que se separa de su hija, regresa a la batalla, lo cual deja bien claro cuáles son sus motivaciones. Bob no es un verdadero revolucionario (tanto así que se olvida de las viejas contraseñas de su gente, así como de las lecciones que supuestamente tenía que aprenderse), sino más bien alguien que siempre actuó para sus seres queridos. Primero para Perfidia, y luego para Willa.

Por su parte, esta última demuestra ser el arma secreta de “Una batalla tras otra”. La novel Chase Infiniti (quien verdaderamente nació para aparecer frente a cámaras) interpreta a Willa como una mezcla de Bob y Perfidia. Por un lado, cuenta con el carácter fuerte, la intensidad y la fortaleza física de la segunda. Pero por el otro, es un poco más suave que su madre, contando con la gentileza de su padre. Es a través de ella que vemos cómo los ideales revolucionarios pasan de una generación a otra, lo cual es gatillado, además, por sus experiencias con Lockjaw, quien representa todo aquello que ella odia: el racismo, el conservadurismo, la masculinidad tradicional (tanto así que solo tiene que decirle gay para que este se moleste) y la violencia contra sus seres queridos.

Dirigida con aplomo por Anderson, “Una batalla tras otra” luce extremadamente bien sin llamar la atención a sí misma. Más bien, lo que hace la cinta es perseguir a sus personajes en constante movimiento, utilizando una cámara en mano de mucha energía e imágenes memorables, junto a un trabajo de edición francamente impecable, para mantener un ritmo constante. La banda sonora de Jonny Greenwood (de Radiohead), además, por momentos se siente como una suerte de alarma, haciendo uso, por ejemplo, de un teclado o piano que se repite por varios minutos seguidos. Es como si estuviésemos escuchando la cuenta regresiva de una bomba que está a punto de explotar, y que representa perfectamente la ansiedad que debe estar sintiendo un confundido Bob.

“Una batalla tras otra” se siente tanto relevante para nuestros tiempos (a los Trumpistas no les va a gustar en lo absoluto) como inesperadamente universal. Relevante por cómo muestra el trato que se le da a los migrantes en los Estados Unidos, así como el poder e influencia que obtienen y mantienen los racistas y fascistas, tanto dentro como fuera del gobierno. Y universal debido a cómo desarrolla la relación central entre Bob (un padre muy poco convencional) y Willa (una hija adolescente madura y fuerte). Es un filme que dará de qué hablar, espero, sin causar demasiada controversia, y que concluye de forma perfecta, enfatizando la naturaleza de sus personajes centrales y dejando esperanzado al espectador. “Una batalla tras otra” me fascinó, y espero que cause el mismo efecto en aquellos que se animen a verla en cines.

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