El orfanato: la posesión

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Lo que muy fácilmente podría haberse llevado a cabo como una tradicional historia de posesiones demoníacas y misterios sobrenaturales, más bien se siente como una experiencia confusa, frustrante e incoherente. Y lo que por lo menos debería haber generado algo de pavor y suspenso, más bien termina siendo tedioso y francamente aburrido. “El orfanato: la posesión” es tan genérica como su título, tan sosa como la peor película de horror que jamás hayan visto, y de las experiencias más desesperantes que haya tenido en el cine este año. Una verdadera pena, pero también un desperdicio alucinante de una premisa medianamente decente.

“El orfanato: la posesión” comienza con un breve prólogo en el que vemos a Elena (Magdalena Broto) cortándole la cabeza a alguien. Entendemos, pues, que luego se explicará por qué y dónde. Luego, nos enfocamos en nuestra protagonista, Sofía (Sara Jiménez), quien en su primera escena con su tía, la psicóloga Claudia (Elena González-Vallinas), quien además es una ex-médium (¿?), parece ser una chica decidida y fuerte, empecinada en descubrir qué fue lo que pasó con su finada madre en el trabajo.

Lamentablemente, una vez que la adolescente decide meterse en el internado donde su progenitora era maestra, parece que pasa por una transfusión de personalidad. La fortaleza se convierte en debilidad, y sus ganas de desenterrar un pasado misterioso se transforman en sufrimiento y llanto. Al menos, la chica termina haciéndose amiga de Lorena (Ángela Arellano) y Marta (Lara Boedo) en el internado, por más que la primera impresión con ellas no sea la mejor. Después de todo, la institución es manejada con agresividad por la ya mencionada Elena y una profesora recién llegada —uno asume, para reemplazar a la mamá de Sofía— llamada Rosario (Oti Manzano).

Es en este contexto, pues, que Sofía comienza a tener alucinaciones, soñando con sangre que le cae en la cara, escuchando voces donde no debería haberlas, y en general, viendo y escuchando a su madre, quien debe estar hablándole desde el más allá. Sus amigas inicialmente no le creen, pero poco a poco se va revelando que ellas cuentan con un secreto propio que les permite empatizar un poquito con Sofía. Y de cuando en cuando, vemos también a Elena —quien, recordemos, estaba decapitando a alguien en el prólogo— sonriendo como demente, hablándole a una calavera (¿?) y maltratando a sus alumnas. Algo se trae entre manos, y Sofía claramente se convertirá en su víctima.

Se supone que “El orfanato: la posesión” es un misterio, por lo que se entiende que al inicio uno entienda poco o nada de lo que está pasando. Pero el error fatal que la película comete es que nunca llega a esclarecer nada, haciéndose cada vez más incoherente y frustrante mientras va avanzando. Por ejemplo, Sofía menciona —en su escena inicial, que solo sirve para explicar una lista enorme de cosas con la sutileza de una bomba nuclear y con diálogo francamente embarazoso— que su madre era una adicta al trabajo y que no la veían por meses. Entonces uno asumiría que eventualmente se revelaría por qué era así… pero no. Sí se revela algo sobre la madre, pero se trata de una sorpresa chocante y violenta que poco tiene que ver con lo expuesto anteriormente.

En general, el guion del también director Guillermo Barreira tiene varios problemas de coherencia y lógica interna. ¿Cómo es que Sofía logra inscribirse en un internado con lo que asumimos son datos falsos? ¿Por qué es que ella y sus amigas duermen en un cuarto separado del resto de estudiantes? ¿Por qué solo hay una profesora? ¿Por qué es que las amigas de Sofía parecen cambiar de parecer sobre ella a cada rato, pasando de cachetearla a decirle que la protegerán para siempre? Y esto puede sonar superficial, ¿pero por qué es que la película se llama “El orfanato: la posesión”, si todo se lleva a cabo en un internado? (Esta última respuesta es, en realidad, fácil: el título original del filme es “Tu sangre”, y en inglés se llama “Sofía: la posesión”; en Latinoamérica se le cambió de nombre para tratar de vincularla a la excelente película de J.A. Bayona de hace unos años).

En fin. El guion en general cuenta con más agujeros que un queso suizo, lo cual no fastidiaría demasiado si es que el resto de la propuesta funcionase, pero ese no es el caso. Olvídense del final repentino, ilógico y francamente insultante (en el que además participa un personaje secundario que aparece de la más absoluta nada). Y olvídense de la dirección de fotografía claustrofóbica que no ayuda a que uno entienda la geografía del internado, causando más confusión que otra cosa. “El orfanato: la posesión” simplemente no genera terror ni suspenso ni desarrolla tensión. Buena parte del filme involucra a Sofía caminando por pasillos, mirando a la distancia, o teniendo visiones que no impactarían ni al espectador menos versado en el género. Es todo bastante soso, y si ven la película cansados, puede que les dé sueño.

La mayoría de actuaciones son buenas, al menos. Fuera del cambio extraño de personalidad por el que pasa Sofía, Sara Jiménez hace un buen trabajo interpretándola como una chica al borde del colapso; como una adolescente incomprendida que simplemente quiere encontrar la verdad. No obstante, quien me pareció particularmente buena —y probablemente hubiese sido más interesante como protagonista— es Ángela Arellano, quien logra otorgarle algo de verdad a un personaje por lo demás escrito de forma inverosímil. Y aunque a la interpretación de Magdalena Broto no la consideraría como, digamos, “tradicionalmente” buena, al menos se nota que la actriz la pasó bien durante el rodaje. En ciertos momentos, me recordó al gran Nic Cage (¡!) por las muecas de demente que hacía.

Uno no va a ver algo como “El orfanato: la posesión” con ganas de exigirle mucho. Con tal de que se genere tensión y pavor en el espectador, y desarrolle un misterio medianamente creíble, lleno de imágenes fuertes y chocantes, debería funcionar. Y sin embargo, esta nueva propuesta española no logra hacer nada de eso. Fuera de las buenas actuaciones y un giro narrativo interesante (que, por supuesto, termina siendo desperdiciado), “El orfanato: la posesión” termina siendo un fracaso absoluto. No perturba, no emociona, no tiene sentido, y para cuando concluye de forma increíblemente repentina, lo deja a uno con la sensación de que desperdició hora y cuarto de su tiempo (sí, encima la película es cortísima). Ni los fanáticos más acérrimos del horror la pasarán bien con este filme; me da pena decirlo, pero hace mucho tiempo que no salía así de somnoliento de una sala de cine.

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