“100 metros” es una interesante película animada sobre la resiliencia y las dificultades que enfrentan tanto los atletas escolares como los profesionales. Brillantemente animada y narrativamente sencilla, la película logra transmitir mucho a nivel visual, lo que se logra compensar con el diálogo a veces tieso y frecuentemente florido. Puede que esto último sea típico del anime (más prefiero no asumir, para no arriesgarme a ofender a los verdaderos fanáticos de esta expresión artística), pero aquí, al menos, resulta en una experiencia extremadamente cerca de ser espectacular, que al final termina siendo memorable, pero no del todo redonda.
Los protagonistas de “100 metros” son dos. Primero está Togashi (voz de Tôri Matsuzaka), un súper atleta que desde el colegio destaca gracias a su disciplina y velocidad en las carreras de cien metros. Y luego está Komiya (voz de Shôta Sometani), un chico que llega de otro pueblo al colegio del primero y que se convierte en su aprendiz, empecinado en convertirse en el corredor más rápido. Es así que “100 metros” termina llevándose a cabo a lo largo de unos quince años, en los que vemos a ambos personajes en diferentes etapas de sus vidas. Siempre dedicados, por supuesto, a correr, por más que tengan que pasar por situaciones complicadas, retos profesionales y crisis de convicción.

Lo mejor que hace “100 metros” es transmitir con intensidad lo difícil que resulta convertirse en un atleta disciplinado. Por un lado, Togashi es alguien que prácticamente llegó a su pico en el colegio, convirtiéndose en una leyenda local, y que, mientras crece, se va dando cuenta de que quizás se ha estancado. Tanto así, de hecho, que cuando lo vemos de adulto, se ha resignado a tener un trabajo común y corriente cuyo contrato, irónicamente, termina dependiendo de su desempeño en una competición local. Esto último se torna más complicado, además, luego de que Togashi sufre un desgarro muscular.
Y por otro lado tenemos a Komiya, un chico tímido, de pocas palabras y pelo que prácticamente le cubre los ojos, que se obsesiona con ser el mejor, tanto así que parece ignorar cualquier otro aspecto de su vida. Su historia es interesante porque, en cierto momento, se va del colegio de Togashi, y le perdemos el rastro por un tiempo. Pero lo que “100 metros” termina dando a entender es que, a diferencia de Togashi, quien se estanca y hasta rinde por momentos, Komiya continúa siempre con el mismo objetivo, destacando incluso cuando se da cuenta de que, al correr, siempre comienza más rápido de lo que termina. El contraste entre ambos es potente, por más que ninguno esté construido como un ser humano verdaderamente tridimensional.
Es ahí, de hecho, donde creo que radica el mayor defecto de “100 metros”: es todo muy simple. La trama en sí, por ejemplo, avanza de manera lineal y la mayor parte de los obstáculos son resueltos a través de conversaciones y discursos poco sutiles. Al parecer, según el guionista Yasuyuki Muto, no hay problema o conflicto interno que no pueda ser solucionado con palabras. La primera vez, esto resulta suficientemente creíble, pero luego de que pasa como tres veces, se comienza ya a sentir algo absurdo. Y luego, por supuesto, tenemos a los protagonistas en sí, que nunca logran trascender sus arquetipos, sintiéndose más como figuras trazadas a brocha gorda que como personajes redondos y psicológicamente profundos.

Algunos podrían decir que le estoy exigiendo mucho a “100 metros”, pero no creo que ese sea el caso. Después de todo, desde el inicio, el filme deja bien en claro que manejará un tono más bien parco, tomándose absolutamente en serio a sí mismo y a sus personajes. Esto trae consigo ciertas expectativas que se terminan cumpliendo más en forma que en fondo; más a nivel estructural y de sensaciones que a nivel narrativo o de personajes. Lo que “100 metros” nos hace sentir vale la pena destacar; lo que nos hace reflexionar, más bien, no funciona del todo, y nuevamente, termina sintiéndose demasiado simplista.
Mención aparte, eso sí, a la animación. Mezclando animación tradicional en 2D a mano con rotoscopía, “100 metros” luce verdaderamente increíble y totalmente distinta a cualquier otra experiencia que puedan tener en el cine este año. La rotoscopía involucra el trazado cuadro por cuadro de planos grabados con una cámara real, lo cual resulta acá en movimientos muy naturales para los personajes, tanto en conversaciones como cuando se ponen a correr. Pero de la cinta entera, destaca una secuencia en particular: un plano secuencia en el que sentimos cómo una cámara en mano rodea y persigue a los personajes mientras se preparan para correr en un estadio, mientras llueve. Dicha secuencia concluye con la lluvia consumiéndolo todo, haciendo que la pantalla se torne blanca. Es todo espectacular, y lo mejor es que no se incluye de forma gratuita, sino más bien para hacernos sentir de la misma forma que los personajes se sienten en aquel momento.
“100 metros” es una película fascinante. Por un lado, se trata de una experiencia audiovisual sublime, mucho más ambiciosa que la película animada promedio, y superior, incluso, a la mayoría de animes que se han estrenado este año. Además, mucho nos dice sobre las tribulaciones de los atletas profesionales en Japón y los conflictos internos que van desarrollando. Pero por otro lado, nos presenta en una narrativa algo sencilla y por momentos de ritmo letárgico, que nunca llega a ahondar lo suficiente en sus personajes. El resultado final, no obstante, es igual entretenido y visualmente estimulante, y ciertamente vale la pena ser visto en la pantalla grande. Me encanta haber terminado el año viendo algo como “100 metros”; una experiencia inesperada, única y muy estilizada.
Nota: Vi este film gracias a un screener cortesía de Cinetopía.
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