“Exterminio: el templo de huesos” es la sólida secuela de una de las mejores películas del 2025. Dirigida por Nia DaCosta (“Candyman”, “Hedda”), lo que hace esta nueva entrega de la afamada saga británica es desarrollar las consecuencias de muchas de las decisiones tomadas en su predecesora, haciendo un gran énfasis en un grupo de personajes que, para algunos miembros del público se sintieron un poco fuera de lugar en el desenlace de “Exterminio: la evolución”, pero que acá convierten al filme en una experiencia memorable. Sigo prefiriendo la cinta previa, pero igual salí muy satisfecho de haber visto “Exterminio: el templo de huesos”.
“Exterminio: el templo de huesos” no se demora en arrancar, mostrándonos que el joven Spike (Alfie Williams) es ahora parte del culto satánico de los Jimmies, liderado por el demente Sir-Lord Jimmy Crystal (Jack O’Connell), quien cree ser el hijo del mismísimo Satanás (o como lo llama, Old Nick). Por otro lado, el doctor Ian Kelson (Ralph Fiennes) comienza a experimentar con el zombie Alfa de la película anterior, ahora llamado Sansón (Chi Lewis-Parry), quien parece esconder una humanidad antes impensable. Como se deben imaginar, el punto es que estas dos líneas narrativas eventualmente se deben juntar, pero el chiste está en cómo y con qué consecuencias.

Si “Exterminio: la evolución” era una reflexión sorprendentemente emotiva sobre la moralidad, el amor y el contraste entre el odio humano y la ira sobrehumana, “Exterminio: el templo de huesos” se siente como una continuación excéntrica —aunque menos sentimental— de aquellas ideas. Lo que tenemos acá es una experiencia llena de gore, que nos muestra sin tapujos lo crueles que pueden llegar a ser ciertos seres humanos en un contexto de abandono y pavor religioso. En medio de eso, por supuesto, se encuentra el Spike / Jimmy de Alfie Williams que, ahora sin padres, debe hacer lo que pueda para sobrevivir.
Es ahí, pues, donde su relación de cuasi amistad con una de las Jimmies (Erin “Enfys Nest” Kellyman) cobra importancia. Mientras que los demás “dedos” (así se hacen llamar los secuaces del Sir-Lord Jimmy) son unos psicópatas despiadados, capaces de despellejar y destripar gente, esta última demuestra ser un poco más compasiva. No me tomen a mal; igual es parte de un culto satánico, pero al comenzar a conocer bien a Spike, se va dando cuenta de que quizás los métodos de su líder no son los únicos que valen, y que de repente merece la pena alejarse de todo lo que este ha creado. Kellyman, como siempre, hace un buen trabajo interpretando a este personaje ligeramente desquiciado, pero con bastante más humanidad que sus contrapartes.
Por su parte, el gran Ralph Fiennes brilla —incluso más que en el filme anterior— como el doctor Ian Kelson, que en esta ocasión se va dando cuenta de que quizás existe la manera de curar la infección de los zombies. Es a través de su línea narrativa que “Exterminio: el templo de huesos” explora el aspecto psiquiátrico de los zombies, tratando su ira como una psicosis que, apropiadamente, quizás podría ser curada con antipsicóticos. En ese sentido, resulta fascinante ver el contraste entre la fría lógica de Kelson y el pavor religioso y demente del líder de los Jimmies, quien claramente cuenta con sus propias psicosis (alucina con la voz del Diablo, quien aparentemente le ordena matar y torturar a toda la gente con la que se encuentra).

Ahora, si el protagonista de “Exterminio: la evolución” era el Spike de Alfie Williams (quien igual tiene un rol importante acá), el de “Exterminio: el templo de huesos” es el Kelson de Ralph Fiennes. El experimentado actor británico interpreta al creador del Templo de Huesos del título como un tipo algo trastornado, pero en general amable e inteligente. Como alguien que recuerda todavía algo del pasado, y trata de preservarlo a través de la música y la ciencia y la medicina. No es casualidad, pues, y sin ánimo de incluir spoilers, que la mejor escena de la película involucre el uso de la canción The Number of the Beast de Iron Maiden. Tienen que verla para creerla.
Por otro lado, algo que aprecio de “Exterminio: el templo de huesos” es que DaCosta no intenta imitar el estilo de Danny Boyle. ¿Cómo podría? Y sin embargo, al inyectarle su propia voz a la película, usando cámaras de cine convencionales y mucha más música diegética contemporánea, logra vincular a su filme con el anterior, haciendo que ambas producciones se complementen la una a la otra sin llegar a sentirse como copias exactas. Ayuda, por supuesto, que “Exterminio: el templo de huesos” luzca extremadamente bien, haciendo un gran uso de efectos prácticos, incluyendo momentos llenos de gore explícito y francamente chocante. Hace tiempo que una película no me obligaba a taparme los ojos, aunque sea por un par de segundos.
Puede que “Exterminio: la evolución” me siga gustando más —la encuentro más emotiva y novedosa en su estilo—, pero “Exterminio: el templo de huesos” igual es una satisfactoria secuela. En todo caso, lo que más aprecio de ambos filmes es que toman riesgos; puede que a algunos les gusten y a otros no, pero lo que no se puede negar —creo yo— es que ninguna de las dos se siente genérica, y que el guionista Alex Garland, junto a Boyle y DaCosta, han logrado crear un par de filmes que mucho nos dicen sobre la naturaleza humana, la maldad, la religión y la familia. ¿Lo mejor? “Exterminio: el templo de huesos” concluye de tal manera que lo deja a uno con ganas de ver una siguiente entrega (felizmente ya confirmada). ¡Espero que la tercera y última parte de esta nueva trilogía no demore demasiado en salir!
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