El día del fin del mundo: la migración

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“Solo espero que la secuela (que, repito, veremos muy pronto en cines) esté a la altura de esta inesperada primera entrega.” Eso fue lo que escribí en mi crítica de la primera “El día del fin del mundo” (2020) hace poco más de dos meses. Y valgan verdades, la profecía se cumplió. La secuela, llamada “El día del fin del mundo: la migración”, por fin se está estrenando, y aunque en ciertos aspectos todavía prefiero a su predecesora, lo que tenemos acá es una sólida y emotiva continuación de la historia comenzada hace seis años. Si disfrutaron del primer filme, lo más probable es que la vayan a pasar bien con esta nueva propuesta.

“El día del fin del mundo: la migración” se lleva a cabo cinco años después de la primera entrega y sigue teniendo como protagonistas a la familia Garrity, que vive ahora en un búnker de supervivientes en Groenlandia. El padre, John (Gerard “Gerardo” Butler), se dedica a hacer reparaciones en el lugar, ir al exterior a explorar, y en general, a ayudar en lo que puede. La madre, Allison (Morena Baccarin) es parte ahora del concejo principal del búnker y tiene que tomar algunas decisiones difíciles en relación al futuro de su gente. Y el hijo adolescente, Nathan (Roman Griffin Davis), está intentando crecer en un ambiente frío, hostil y francamente aburrido.

Sus vidas cambian, sin embargo, cuando un terremoto comienza a destruir el búnker, lo que los obliga a salir al mundo exterior. Es así que se meten en un barco junto a la doctora Casey Amina (Amber Rose Revah) y otra gente, en dirección al Reino Unido. Pero cuando llegan a Liverpool, se encuentran con un mundo sumido en la más absoluta violencia y desolación, con la gente viviendo en un ambiente donde el aire los mata lentamente, y donde nadie cree en la paz o la gentileza. ¿La única esperanza? Al parecer, el cráter que dejó el cometa que lo destruyó todo, Clarke, se ha convertido en una suerte de Tierra Prometida, donde la vida podría volver a florecer. Y por supuesto, John hará todo lo posible por llevar a su familia a dicho lugar.

De la misma forma que la primera película era una historia apocalíptica más enfocada en la supervivencia de una familia que en grandes secuencias de destrucción masiva, “El día del fin del mundo: la migración” es una historia de supervivencia postapocalíptica que nunca pierde de vista a sus personajes. John sigue siendo el ancla emocional de la historia, y tanto Allison como Nathan siguen cumpliendo sus roles como ayudantes, por más que el segundo podría haber estado mejor desarrollado. Sus mejores escenas son las que comparte con una chica francesa llamada Camille (Nelia Valery Da Costa), quien podría convertirse en su interés amoroso en una potencial tercera parte.

Lo mejor de “El día del fin del mundo: la migración”, en todo caso, es que sigue la misma línea de su predecesora sin sentirse redundante. No es igual de original o sorprendente, por supuesto, pero continúa con la narrativa ya desarrollada mientras nos presenta intensas secuencias de suspenso. De entre ellas destacan un peligroso cruce por un abismo cerca del Canal de la Mancha; una lluvia de meteoritos en medio de un bosque, y un encuentro con un grupo de insurgentes en Francia. No hay nada en “El día del fin del mundo: la migración” que sea más tenso que lo que su predecesora nos propuso, pero el filme al menos logra mantener al espectador atento durante casi dos horas, haciendo que se preocupe por el destino de los Garrity.

Interesante, además, que el director Ric Roman Waugh (en su cuarta colaboración con Gerardo) y los guionistas Mitchell LaFortune y Chris Sparling sugieran buena parte de su construcción de mundo, dejando varios detalles en segundo y tercer plano. No solo tenemos a una Groenlandia llena de tormentas gigantes y terremotos, sino también a una Inglaterra totalmente abandonada, bases militares aparentemente con poder absoluto, un África del que no se sabe casi nada y una Francia metida en una Guerra Civil (entre dos bandos que, al parecer, quieren controlar el cráter). Todo se siente sorprendentemente verosímil, y es presentado a través de migajas que mucho lo dejan en el subtexto, haciendo que, nuevamente, el guion no pierda a la familia como el foco central de la narrativa.

Quienes estén en busca de una historia de desastres más convencional, sin embargo, no la encontrarán acá. Waugh y su equipo están más interesados en el drama cercano y sucio que en la espectacularidad hollywoodiense, lo cual, por un lado, resulta refrescante, pero por el otro, hace que por momentos el filme pierda un poco de identidad. Una secuencia en particular se siente como sacada de una película de la Primera Guerra Mundial (¡con trincheras cavadas en la tierra y todo!), y por ende, como algo que muy fácilmente podría haber sido sacado de la cinta. Algo me dice que a Waugh le encantaría dirigir una película clásica de guerra…

Gerardo hace un buen trabajo, como siempre, en este caso interpretando a un John cansado pero siempre obsesionado con la seguridad de su familia. No es la interpretación más vistosa o enérgica que jamás nos haya dado, pero funciona para efectos de lo que “El día del fin del mundo: la migración” intenta hacer; además, su química con Morena Baccarin sigue siendo palpable. Y de los nuevos rostros, destacan Amber Rose Revah como una científica que realmente cree en las teorías vinculadas al cráter; William Abadie como Denis Laurent, un amable aliado para los Garrity, y Nelia Valery Da Costa como su joven hija, la ya mencionada Camille.

“El día del fin del mundo: la migración” no se parece en nada a algo como “2012” o “El día después de mañana”. Sus intereses no están en la recreación espectacular de grandes escenas de desastre. Al igual que el primer filme, lo que hace es narrar una intrigante historia de supervivencia que, durante unas dos horas, nos mantiene al filo de nuestros asientos, preocupados por la familia protagonista. El que concluya de forma sorprendentemente emotiva —y haciendo referencia, lo crean o no, a una de las más recientes películas de “El Planeta de los Simios”— no es más que la cereza sobre el pastel. No me importaría ver una película más de “El día del fin del mundo”; aunque ahora sí no se me ocurriría ninguna forma de continuar la historia, especialmente por cómo termina esta. 

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