Terminator (1984)

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“Terminator” es una de esas películas legendarias que prácticamente todo el mundo conoce, pero que quizás no todos han visto. No obstante, probablemente conocen algunas de sus imágenes más famosas: el exoesqueleto robótico saliendo de entre las flamas; Schwarzenegger con lentes de sol en la noche; Linda Hamilton y su glorioso pelo ochentero. Es una película que, incluso, ha mejorado con el paso del tiempo (apropiado), y hoy en día se siente más relevante que nunca, en un mundo inundado por propuestas de inteligencia artificial (generativa y de otra clase), a la que, por alguna razón, mucha gente le entrega toda su información personal y sus datos.

Fuera de eso, “Terminator” también es la película que catapultó al estrellato a su director y coguionista, James Cameron, quien luego se encargaría de llevar a la pantalla grande excelentes filmes como “Aliens”, “Titanic” o “Avatar” (y sus secuelas). Y aunque Linda Hamilton y Michael Biehn no son súper famosos hoy en día (y mucho menos con las nuevas generaciones), es gracias a esta producción que lograron tener carreras bastante buenas, apareciendo en películas y series de todo género, dándonos interpretaciones memorables. “Terminator” comenzó como un proyecto más bien pequeño y discreto, y terminó siendo inesperadamente influyente.


Porque, al igual que otros clásicos, como la primera “Star Wars” o la primera “Alien”, “Terminator” demostró muchas cosas. Demostró que se podía hacer cine de género de calidad con poco presupuesto, dejando muchos de sus detalles más fantásticos en el subtexto. Demostró que James Cameron es un gran talento, tanto como director como a la hora de escribir. Y por supuesto, demostró que Arnold Schwarzenegger tenía lo necesario para convertirse en estrella de cine, a pesar de tener varios elementos en su contra: no era estadounidense, tenía un apellido difícil de pronunciar, y su acento hacía que entenderlo fuese complicado. Y sin embargo, se convirtió en una de las figuras más reconocibles del mundo del cine del siglo veinte y veintiuno.

Pero regresemos al inicio. ¿Qué propone “Terminator”? La película se desarrolla en Los Ángeles en 1985, y tiene como protagonista a Sarah Connor (Hamilton), una chica veinteañera común y corriente: es una mesera, tiene una mejor amiga en el trabajo y una flatmate con la que vive, y no parece tener mayores problemas fuera de los amorosos. Todo se complica, sin embargo, con la llegada de dos figuras inesperadas que vienen del futuro. La primera es el Terminator del título (Schwarzenegger), una máquina de matar con cobertura de tejido humano y apariencia de fisicoculturista, que ha llegado para matarla. Y la segunda es Kyle Reese (Biehn), un soldado del mismo futuro que ha sido enviado para proteger a Sarah.

Resulta, pues, que nuestra protagonista no es para nada una chica normal, sino más bien la madre de un mesías; algo así como una Virgen María cyberpunk que pronto aprenderá a usar pistolas y metralletas y a armar bombas. Su hijo, John Connor, se convertirá en el líder de la rebelión humana contra las máquinas en el futuro, luego de que estas últimas acaben con (casi) todo en una guerra nuclear. Por ende, Sarah es de increíble importancia, y no debe ser asesinada por el Terminator; de lo contrario, John nunca existirá, la rebelión nunca se formará, y poco más de cuarenta años después de los eventos del filme, la inteligencia artificial lo controlará todo.


Al igual que “Matrix”, pues, lo que esta película propone es una interpretación bastante pesimista del futuro, donde las máquinas, a través de un sistema de defensa militar, cobran consciencia, consideran a los seres humanos como antagonistas, e intentan matarnos a todos. Por eso se dice hoy en día que la gente que depende de la inteligencia artificial para trabajar, “crear” o comunicarse, claramente no ha visto películas como esta. La tesis de “Terminator” es que lo humano no puede ser reemplazado, y que siempre existirán personas que combatan aquella artificialidad y violencia que quieren reemplazar lo natural y bello de este mundo.

En ese sentido, “Terminator” se desarrolla como una propuesta de carácter circular, que la misma Sarah confiesa durante la última escena que le causaría un dolor de cabeza a cualquiera que se ponga a pensar demasiado en ella. John es quien manda a Kyle al pasado, pero es Kyle quien, en una de las escenas de sexo más narrativamente importantes de la historia del cine, impregna a Sarah con John. Y es John en el futuro, también, quien le da una foto de Sarah a Kyle para que este se obsesione y se enamore de ella, para asegurarse de que lo conciba cuando regrese al pasado.


Es decir, John es responsable de su propia existencia. Lo cual… ¿debería ser posible? Si creen en una sola línea temporal que va en bucles, seguro que sí. Además, y especialmente tomando en cuenta las secuelas, la franquicia en sí va en círculos, mostrándonos a más Terminators que son enviados al pasado para cumplir con diferentes objetivos. Cameron y su coguionista y exesposa, Gale Anne Hurd, saben esto, y se deleitan en desarrollar una narrativa, en este primer filme, que depende un poco de coincidencias, dando la sensación de que mucho de lo que transcurre en estas historias, fuera del concepto de viajes en el tiempo, depende de la idea del destino. Esto es algo, además, en lo que se profundiza más en la segunda entrega.

Ahora bien, es cierto que esta primera “Terminator” luce un poco más… cruda que las películas posteriores. Pero ese es precisamente parte de su encanto. Sí, la escena en la que el cyborg se arregla sus heridas frente a un espejo hace uso de una cabeza animatrónica poco convincente. Sí, las secuencias de flashback al futuro utilizan proyecciones mezcladas con miniaturas que hoy en día no lucen muy impresionantes. Y sí, el exoesqueleto del Terminator al que se enfrentan Sarah y Kyle al final ha sido claramente animado con stop-motion. Pero como la propuesta en general funciona, como el todo convence más que los detalles, el cerebro del espectador decide ignorar estas supuestas fallas, disfrutando igual de la experiencia.

Además, “Terminator” es igual una película que en otros aspectos visuales luce muy bien, especialmente considerando que se trató de un modesto proyecto con un presupuesto de 6 millones de dólares. La dirección de fotografía convierte esta versión de Los Ángeles de los ochentas en un lugar lúgubre, de sombras marcadas y mucha textura, llena de vagabundos, pasajes llenos de basura, departamentos enanos y mucha violencia. Adicionalmente, Cameron aprovecha al máximo sus recursos, entregándonos percusiones en carro y secuencias de acción memorables, siendo la más tensa la del club Tech Noir. Y elementos como explosiones, balazos y hasta escenas como la del Terminator chocando su carro en la estación de policía lucen absolutamente convincentes y táctiles.


“Terminator” no funcionaría, sin embargo, si no contara con buenas actuaciones; felizmente ese no es el caso. Linda Hamilton mezcla dulzura con fortaleza a la hora de interpretar a Sarah, dejando bien en claro que se trata de una chica regular que, eventualmente, se convertirá en la guerrera de una rebelión. Por su parte, el infravalorado Michael Biehn es suficientemente intenso como Kyle, especialmente cuando tiene flashbacks al futuro debido a su estrés postraumático. Pero también logra demostrar el lado más vulnerable y suave del personaje, especialmente cuando al final le confiesa sus sentimientos a Sarah y hacen el amor. Y por supuesto, Schwarzenegger es absolutamente icónico como el Cyborg del Futuro. Es una actuación parca, más física que verbal, pero que funciona perfectamente para convencernos de que el fisicoculturista austriaco es, efectivamente, una máquina de matar del futuro.

Por otro lado, “Terminator” es el tipo de película que se deleita en incluir personajes secundarios curiosos y memorables. Así es que terminamos con el gran Dick Miller interpretando a un vendedor de armas que es asesinado por Arnold; con Lance Henriksen como un policía al que su jefe nunca le hace caso, callándolo o interrumpiéndolo cuando le quieren contar cualquier cosa; con el Dr. Silberman de Earl Boen, que representa a la perfección la forma en la que la salud mental era percibida en los ochentas (es decir, irrespetuosamente, casi como un chiste); y con la Ginger de Bess Motta y el Matt de Rick Rossovich, una pareja que, al más puro estilo de un slasher puritano de la misma década, es asesinada luego de que tienen sexo.

“Terminator” no es perfecta, pero es el tipo de película cuyas imperfecciones realmente no molestan. Además, la mayoría está vinculada a fallas de efectos especiales que, hoy en día, han sido superadas por técnicas más complejas. Porque donde realmente cuenta, “Terminator” funciona tan bien como lo hizo hace más de cuarenta años. Lo que tenemos acá es un clásico de la ciencia ficción que se deleita en narrarnos una historia circular de viajes en el tiempo y paradojas temporales, llena de personajes memorables, grandes actuaciones, líneas de diálogo clásicas (“volveré”, “ven conmigo si quieres vivir”) y mucha acción. Puede que la primera secuela, también de Cameron, sea el verdadero blockbuster, pero tanto tiempo después, “Terminator” todavía tiene mucho para ofrecer.

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