Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma

0

No te preocupes. Es solo un juego.

Ese es uno de los diálogos, recitados por la Billy de Gillian Anderson (Los expedientes secretos X, The Crown), de Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, que se me quedaron grabados en la cabeza. Y uno de los diálogos que, finalmente, representan la razón por la que no terminé de conectar con la película: porque todo es un juego. Un juego de autodescubrimiento, de despertar sexual, de autoplacer y de vínculos entre sexo y violencia, sí, pero un juego al fin y al cabo. Ficción. Algo irreal. Y si algo no es real, si algo no sucedió de verdad –ni en la vida real, por supuesto, ni dentro del mundo de una película–, ¿por qué debería importarme? ¿Por qué debería hacerme sentir algo?

Ahora, creo entender –al menos desde mi perspectiva– lo que Jane Schoenbrun (I Saw the TV Glow) intenta decir con Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma. De hecho, considero que, fuera de los enredos de su tercer acto, lo que tenemos acá es una película bastante directa, que parece tenerle miedo al subtexto –¡conozco a los cineastas que usan el subtexto, y son todos unos cobardes!–, y que disfruta mostrar a sus personajes hablando sobre deseo, sobre frustraciones sexuales, sobre sus traumas del pasado, y sobre la influencia que los medios audiovisuales han tenido tanto en su vida personal como en la profesional.

Respecto a lo último, Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma se centra, muy evidentemente, en el cine de terror tipo slasher. O más específicamente, en la idea o los recuerdos que cierta generación tiene de ese tipo de cine. El filme comienza con una secuencia de créditos que nos muestra, de forma visualmente estimulante, la historia de la franquicia (ficticia) de Campamento Miasma, una suerte de homenaje a la saga de Viernes 13 –tanto así que ambas series de cintas cuentan con incontables secuelas, cada una más exagerada y ridícula que la anterior. Es aquí donde se pone en evidencia el cariño que Schoenbrun le tiene a ese tipo de cine; cariño que, eventualmente, nos damos cuenta está mezclado con vergüenza y autoconsciencia.

Nuestra protagonista es la atractiva cineasta Kris (Hannah Einbeinder, de Hacks), una self-insertde Schoenbrun. Es decir, una directora no binaria y poliamorosa, que deja a su novia Mari (Jasmin Savoy Brown) en la ciudad junto a su propio novio, Thor (Aren Buchholz), para ir a las montañas canadienses a trabajar en su más reciente proyecto. Resulta que su primera película (una suerte de nueva versión de Psicosis desde el punto de vista de la cortina de baño) fue todo un éxito en Sundance (similar a lo que le pasó a Schoenbrun en la vida real), por lo que ahora ha sido contratada por un estudio para dirigir un reboot de la franquicia de Campamento Misma, desde una perspectiva queer.

Por ende, nuestra protagonista viaja al campamento original donde se grabó la primera película en los ochentas para reunirse con su protagonista, la actriz retirada Billy (Gillian Anderson), y tratar de convencerla de unirse al proyecto. Una vez que la conoce, sin embargo, se va dando cuenta de que tienen varias cosas en común, y que juntas podrían llegar a concebir una historia interesante, tratando de recrear, de alguna manera u otra, aquella mirada (por parte de Billy) que tanto cautivó a Kris cuando veía la película una y otra vez en VHS de niña (una mirada que soltaba, dicho sea de paso, cuando su personaje, interpretado de joven por Amanda Fix, era impalado mientras tenía su primer orgasmo).

Como personaje, Kris es intrigante: una cineasta millennial y queer interesada en inyectarle una visión única y propia a una franquicia antes popular, pero ahora considerada como anticuada, problemática y transfóbica. Hannah Einbinder, quien ha ganado mucha popularidad gracias a su trabajo en Hacks, hace un excelente trabajo interpretando a una mujer que, por momentos, se comporta como una niña emocionada (especialmente cuando comienza a hablar de cine y su relación con los slashers de su infancia). Y mientras el film nos va contando sus traumas vinculados al sexo y al placer, Kris se va tornando en una figura más compleja, que representa, hasta cierto punto, a aquellos cinéfilos que dejan que el cine influya tanto en sus vidas que termina afectándolos tanto positivamente como negativamente.

Es a través de ella y, por supuesto, de las contadas escenas del primer Campamento Miasma que la cinta va mostrando sus intenciones. Este no es un filme de terror —por más que el marketing lo haya querido vender de esa forma—, sino más bien una suerte de drama surrealista con toques de comedia negra, centrado en transmitir los vínculos entre la muerte y el sexo, muchas veces propagados por historias de terror misóginas, transfóbicas y de mucha sexualización femenina. ¿Cuál es la relación entre Schoenbrun y este tipo de cine? Una de amor-odio, por supuesto. Por un lado, siente nostalgia por cómo le hicieron sentir y cómo ayudaron a su despertar sexual queer, pero por otro lado, acepta que es profundamente problemático, hecho principalmente de historias narradas desde la perspectiva masculina heterosexual.

Ahora, sería interesante que todo esto quedase en el subtexto de Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma. Lamentablemente, Schoenbrun no parece confiar mucho en su audiencia, por lo que incluye escenas en las que los personajes discuten explícitamente estos temas, siendo la más cringe aquella primera cena entre Kris y Billie (donde comen pollo frito de KFC), donde la primera da todo un discurso sobre sus intenciones con la franquicia que le acaban de otorgar los estudios. Esto, curiosamente, hace que la supuesta exploración que la película hace del sexo, la violencia, la autoaceptación y el rol de personajes trans en el cine de terror se quede en la superficie; como un comentario digno de un tweet o de una publicación de Reddit, pero nada más.

En ese sentido, Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma se siente como una película terriblemente influenciada por discusiones en redes sociales; como la primera gran película hecha por gente muy online, por así decirlo. El resultado es un guion que se siente tanto muy explícito en sus intenciones (especialmente durante sus dos primeros actos) como demasiado enredado y confuso (especialmente durante su tercer acto). Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma es una película más interesada en desarrollar temas y ser académicamente relevante que en provocar sensaciones en el espectador, lo cual resulta en una experiencia inesperadamente fría y que, gracias a su naturaleza metatextual y centrada en la ficción dentro de la ficción, no genera mucho a nivel emocional.

Consideren, por ejemplo, la relación (supuestamente central) entre Kris y Billy. Hay indicios al inicio, sí, de que algo podría pasar entre ellas, pero la aparición de una Kris topless frente a Billy no se podría sentir más repentina, como la culminación de algo que debió ser desarrollado con más intensidad. Y aunque se supone que buena parte de la historia, como se mencionó líneas arriba, es sobre sexo, los momentos sexuales de la película no podrían sentirse más sobrios. Aparentemente, Schoenbrun tenía algunos reparos respecto a dirigir escenas de intimidad entre Anderson y Einbinder, lo cual hizo que se diera cuenta de que sus propios sentimientos estaban vinculados a la disociación que uno siente cuando ve escenas de sexo en filmes clásicos de terror. Eso está muy bien, pero no sé si necesariamente ayudó al producto final.

En todo caso, no se puede negar que Schoenbrun tiene una mirada muy específica, algo que debió quedar claro desde que sacó I Saw the TV Glow. Una película verdaderamente mala no genera mucha discusión; sobre Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, felizmente, se puede discutir y escribir mucho. Pero cuando decido ver una película, no solo espero tener una experiencia intelectualmente estimulante o académicamente gratificante; para eso, mejor me pongo a leer un ensayo o una tesis. Siento que leer un paper académico escrito por Schoenbrun sería en extremo interesante, pero ver los mismos temas convertidos en una película de ficción que poco o nada me hizo sentir, lamentablemente no resulta igual de satisfactorio.

Eso sí, pocas quejas tengo sobre cómo decidió dirigir su más reciente proyecto (aunque sí las hay). Me encanta cómo deja pistas, desde que Kris llega al campamento en las montañas, de que está entrando a un mundo de ficción; a un lugar donde las películas son producidas por un misterioso ser con cabeza de rendija de ventilación o de aire acondicionado de techo (el asesino de la franquicia de Miasma, llamado La Pequeña Muerte, e interpretado por Jack Haven). Eso lo hace a través de planos que hacen uso de matte paintings(los verdaderos, pintados a mano sobre láminas transparentes), fondos hechos con pinturas tradicionales o hasta locaciones digitales extremadamente coloridas. En general, Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma luce extremadamente bien; el director de fotografía Eric Yue logra construir un universo surrealista, colorido y misterioso para Kris y Billy.

No obstante, sí hay una secuencia que me sacó totalmente de la ficción de Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma (e incluso de la ficción dentro de la ficción). En cierto momento, Kris y BIlly se ponen a ver la primera película de Miasma en un cine, y se nos muestra una secuencia de asesinato por parte de La Pequeña Muerte (o La Petite Mort, un curioso sinónimo para el orgasmo), que se supone es parte de dicho film. ¿El único problema? Schoenbrun, hasta aquel momento, ha hecho un excelente trabajo desarrollando el universo alrededor de la franquicia, no solo con la secuencia de créditos iniciales ya mencionada, sino también con las escenas que muestra de la cinta, que hacen uso de una imagen texturada similar a la de filmes ochenteros filmados en 35 mm, y hasta de marcas de cigarrillo, como las que veíamos en proyecciones analógicas de antaño.

Por ende, resulta extrañísimo que la secuencia de múltiples asesinatos por parte de La Pequeña Muerte haga uso de incontables efectos visuales hechos por computadora y, más confusamente, géiseres de sangre claramente digitales. Es aquí donde cualquier intento por recrear un slasher de los ochentas es abandonado, y donde, estoy seguro, varios espectadores podrían terminar por rendirse. Adicionalmente, hay otra escena de la película dentro de la película donde un personaje usa una camcorder digital con un sticker gigante de HD, pero es algo tan pero tan obvio que hasta siento que quizás Schoenbrun lo incluyó como un elemento anacrónico a propósito.

O quizás no. Después de la sangre digital, se me pasaron las ganas de darle el beneficio de la duda.

Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma es muchas cosas: un comentario sobre la transfobia tan presente en el cine de terror ochentero y noventero (La Pequeña Muerte fue criado por padres hermafroditas y cambia de género cada dos días); una representación de lo que Schoenbrun siente como cineasta (siendo el personaje de Kris una versión ficticia de ella misma); una alegoría para la experiencia trans contemporánea; una muestra de lo sentimientos encontrados que la directora tiene respecto al cine clásico de horror; y una sátira del cine comercial estadounidense y de cómo utiliza a cineastas queer para lavarle la reputación a franquicias previamente populares que, años después, son considerasas como problemáticas. Al tratar de hacer tanto, pues, Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma se queda en la superficie y termina frustrando más que encantando.

Gracias a Dios, pues, tenemos a Hannah Einbinder en esta película. Gillian Anderson está muy bien, por supuesto (es una artista incapaz de dar una mala actuación), pero su Billy es más una idea que un personaje tridimensional; una figura mística que le permite a Kris autodescubrirse y llegar al orgasmo luego de verse desde los ojos de alguien más, aceptando que su complicada relación con la sexualidad es consecuencia de todas las películas de muerte y sexo que vio desde pequeña. Einbinder, por su parte, da una magnética interpretación, convirtiendo a Kris en una directora que pasa de querer hacer una película a ser parte de ella, cumpliendo su (nuevamente problemático) sueño de ser una final girlescapando de un asesino sexista, corriendo por el bosque en paños menores con sus senos rebotando en cámara lenta.

Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma tiene intención y, por ende, no la puedo considerar mala como algo como la nefasta Ice Cream Man. Pero sí la puedo considerar como una experiencia incompleta; llena de potencial intelectual, pero finalmente superficial, más interesada en incluir discursos similares a los que uno encontraría por parte de cinéfilos en redes sociales, que en hacer sentir algo al espectador. Y su discurso metatextual, aunque adecuado para sus intenciones, no hace más que alejarnos de los personajes y sus problemas. No obstante, entre su impecable dirección de fotografía, impresionante diseño de producción y excelentes actuaciones, Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma logra convencer… en contados momentos. La película es ambiciosa, sí, y tiene mucho que decir; simplemente me hubiese gustado que lo dijera más ordenadamente, con menos enredos, más suspenso y más confianza en su público.

Avance oficial:

50%
Awesome
  • Criteria
Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.