La hija cóndor

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Dirigida por Álvaro Olmos Torrico, la boliviana (y peruana, y uruguaya) La hija cóndor es un filme que retrata con sinceridad el contraste entre la tradición y la modernidad. Llevándose a cabo en los Andes bolivianos, la película sitúa a su joven protagonista en un contexto de cambio, en donde la llegada de la tecnología y costumbres occidentales se percibe como tentadora en contraste con las tradiciones de su pueblo y de su madre partera. Esto resulta en una producción que no necesariamente se pone de un lado específico, sino que más bien le permite al espectador decidir qué posición tiene más sentido, especialmente cuando se las interpreta, también, como una lucha entre las costumbres comunitarias y los intereses individuales.

Marisol Vallejos Montaño interpreta a Clara, la hija de la partera Ana (María Magdalena Sainzo). Se trata de una joven normal, quien le da mucha importancia al trabajo de su progenitora, trabajando como su asistente y consciente de que tendrá que dedicarse a lo mismo eventualmente. Pero a la vez, también es una chica interesada en el canto y en el arte, quien es tentada primero por una representante de artistas folclóricos, quien le ofrece ser parte de sus músicos. Ella primero no acepta, pero como seguramente se imaginan, eventualmente vemos a Clara en la gran ciudad; un espacio que ofrece modernidad y color y ruido (mucho ruido) y música en contraste con la tranquilidad de su pueblo. Puede que ella le tenga mucho cariño a la cultura quechua y las costumbres de su madre, pero igual está interesada en algo más.


Lo mejor de La hija cóndor es que ni demoniza lo occidental ni glorifica lo andino. Respecto a lo segundo, tenemos una sociedad que vive en comunidad, en donde el respeto mutuo es de suma importancia, y donde las costumbres, como las de la madre partera, son consideradas como algo que tiene que ser pasado de generación en generación. Pero también se trata de un grupo de gente tremendamente machista, donde cada persona cuenta con sus roles de género súper tradicionales, y una mujer puede ser castigada públicamente únicamente por hablar y reírse con otros hombres.

Y respecto a lo primero, La hija cóndor cuenta con la figura prominente de la radio, que sirve como un primer contacto para Clara con el mundo moderno occidental. Es el aparato que le permite conocer la música y que, gracias a las baterías que tiene que conseguir para la misma, le permite eventualmente conocer a otras personas e ir a la ciudad. Pero es justamente con el tema sonoro que Olmos Torrico retrata el contraste entre el Ande y la ciudad; Ana dice en cierto momento que prefiere el silencio por sobre la música, y una vez que Clara llega a la ciudad, el film nos inunda de ruidos y conversaciones y música y toda una atmósfera sonora agobiante. La modernidad es tentadora, pero también puede ser abrumadora —y más importante, puede alejar a cualquiera de sus orígenes.

Visualmente, La hija cóndor logra mostrar estos contrastes de forma natural y coherente. Por un lado, tenemos los planos abiertos, majestuosos, de poco movimiento y mucho color del campo y las montañas. El mundo de Ana y Clara es pacífico y abierto, ligado a la naturaleza y a lo tradicional. Y por el otro lado, tenemos los planos cerrados, los movimientos caóticos y las luces de neón saturadas e intensas de la ciudad, que representan aquello que está lo más alejado posible de la cultura andina. ¿Cuál es mejor? O en todo caso, ¿cuál es mejor para los deseos de Ana como mujer, como individuo, fuera de la comunidad a la que siempre ha pertenecido y la que sigue honrando? Eso lo debe decidir el espectador.


Las actuaciones ayudan a que la historia de La hija cóndor se sienta cercana y genuina. Como Clara, Marisol Vallejos Montaño da una interpretación creíble y sutil, desarrollando a la chica como alguien que se encuentra en una encrucijada, atrapada entre dos mundos; uno que se está acabando y otro que recién ha llegado para llevársela. Es una actuación compleja que da como resultado un personaje con el que resulta fácil empatizar; uno entiende sus ambiciones e intereses, pero también el cariño y el respeto que le tiene tanto a su comunidad como a su madre. Y, como Ana, María Magdalena Sainzo depende más de expresiones faciales y del lenguaje corporal que del diálogo para construir a una partera de otra época, más interesada en sus tradiciones y en el silencio que en la música y la modernidad occidental.

La hija cóndor es un filme de ritmo pausado e imágenes potentes; más interesado en su contenido temático y en un choque de culturas y perspectivas que en desarrollar una narrativa clásica o comercial. Las actuaciones cargan con buena parte del peso de la propuesta; la dirección de fotografía de Nicolás Wong presenta dos mundos completamente distintos, de estéticas que no podrían contrastar más, y el filme en general no demoniza ningún punto de vista, más bien presentando las cosas “como son” y permitiéndole al espectador llegar a sus propias conclusiones. La hija cóndor resonará más con un público latinoamericano, me imagino, pero es lo suficientemente universal en sus caracterizaciones y temas como para atraer a espectadores de todo tipo.

Nota: Vi este film gracias a un screener cortesía de Outsider Pictures.

Avance oficial:

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