Arsa, dirigida y escrita por Nicolò Massazza y Iacopo Bedogni (más conocidos como el dúo Masbedo), es un filme más interesado en sensaciones que en una narrativa convencional. Ahora, no me tomen a mal; hay una trama acá, o mejor dicho, un arco de personaje para la protagonista del título, interpretada por la joven Gala Martinucci. Pero a la vez, no hay un conflicto central explícito y no hay obstáculos demasiado graves para Arsa fuera de los tormentos internos de un pasado que se van revelando a través de flashbacks. Y en general, la producción se siente más como una serie de escenas visualmente atractivas que como algo que quiera provocar sensaciones profundas en el espectador.
No cual no es algo malo, necesariamente; ya dependerá de cada miembro del público si es que decide darle una oportunidad a Arsa. En el caso de este crítico, siento que se trata de una experiencia más bien mixta, que se ve beneficiada por una sólida actuación de parte de Martinucci, pero que sufre de algunos clichés inherentes a lo que a veces se puede considerar como “cine arte”, o en todo caso, cine independiente europeo hecho para festivales (poco diálogo, una cámara que se mueve poco, escenas largas, desnudos gratuitos, y más). No hay nada en Arsa que no hayan visto antes en películas superiores, pero tampoco hay nada que resulte ofensivo o por lo menos totalmente deficiente.

La joven del título (Martinucci) es una chica de dieciocho años que vive completamente sola en una isla italiana que forma parte de una reserva ecológica. Pasa los días recolectando basura para obtener algo de dinero o conseguir balones de gas para cocinar, utilizando los objetos que no vende para crear arte. Después de todo, su finado padre (Lino Musella) era un escultor que trabajaba en la ciudad y que creía en el poder de la creación y la imaginación. Lamentablemente, desde que está sola, Arsa no puede dejar de soñar con él, ya sea de forma cálida y cercana, recordando momentos de su niñez (donde es interpretada por la pequeña Matilde Schiaretta), o a través de imágenes y secuencias abstractas.
Su vida cambia, sin embargo, con la llegada de tres chicos que han alquilado una casa en la isla. Son un grupo de cineastas (porque no podía ser de otra forma) que ha llegado a este paraíso idílico para encontrar algo de inspiración. Pero inesperadamente, uno de ellos, llamado Andrea (Jacopo Olmo Antinori), termina inspirándose en Arsa. Se obsesiona con ella, intentando invitarla a su fiesta de cumpleaños y observándola cada vez que la chica bucea en el mar, en busca de… algo. Por su parte, Arsa intenta ignorarlos, más bien enfocándose en usar sus binoculares para ver a los bañistas en la playa cerca de su hogar.
Arsa es una película engañosamente relajada que se concentra durante varios minutos en el día a día de su protagonista. Vemos a la chica recolectando basura, buceando en el mar, interactuando con los niños que juegan en la playa, peinándose desnuda en una choza y, por supuesto, esculpiendo pequeñas obras de arte. Arsa es una cinta de poco diálogo, donde los personajes solo hablan cuando tienen que hacerlo, y donde la voz de su protagonista se escucha más cuando nos habla a través de una narración en off de carácter poético.

Es en esto último, más bien, donde Arsa cae un poco en los clichés del cine europeo independiente, enfocado más en crear sensaciones que en desarrollar una narrativa clara. Mucho de lo que nos narra la chica termina siendo bastante repetitivo, dejando bien en claro lo que busca de la vida y lo que recuerda de su padre, especialmente en relación con lo que le contaba sobre la naturaleza de los “monstruos”. Y por momentos, la película es tan relajada que termina sintiéndose tediosa, haciendo que el espectador se pregunte cuál es el punto de todo esto, exactamente.
Felizmente, Gala Martinucci hace un buen trabajo interpretando a Arsa; tanto así que se convierte en el eje que nos lleva de una escena a otra, de una sensación a otra. Ahora, tal y como está escrito, el personaje es más una idea que un ser humano verdadero; una chica imposiblemente hermosa a la que le gusta dormir topless y que, a pesar de vivir en medio de la nada y con pocos recursos, se mantiene impecable. Pero Martinucci logra otorgarle a Arsa algo de la humanidad que no está presente en el guion, transmitiendo con potencia la tristeza y soledad que siente todo el tiempo, así como el anhelo vinculado a su padre y la infancia que tanto aparece en sus sueños.

El resto de personajes, desafortunadamente, no destaca demasiado. Lino Musella solo aparece en flashbacks, recuerdos y sueños, por lo que solo puede interpretar al padre de Arsa como la idea de un artista torturado y sensible, más dedicado a sus ideas propias y a lo que él considera como arte que a cumplir con los deseos de sus clientes y, por ende, de su jefe. Y como Andrea, Jacopo Olmo Antinori no hace demasiado; se siente como un chico (relativamente) común y corriente, que se obsesiona con una chica a la que idealiza, dejando de lado a sus amigos e intereses propios. Lo que hace cuando finalmente la tiene de cerca, sin embargo, es presentado de forma algo ambigua; hay un tema de consentimiento que no me termina de gustar, y aunque no me animaría a declarar que Andrea es un depredador, queda claro que ve más a Arsa como un objeto de deseo que como una persona.
Mitad fantasía masculina y mitad experiencia artística sobre el deseo y el anhelo, Arsa termina convenciendo principalmente gracias al trabajo de Gala Martinucci y a la dirección de fotografía de Gherardo Gossi, que aprovecha muy bien sus locaciones para mostrarnos composiciones bellas, cálidas, frías, cercanas y expresivas. Como narrativa y estudio de personaje, Arsa no hace nada que no hayamos visto antes, y de hecho se siente terriblemente previsible. Pero como una serie de sensaciones y meditaciones sobre el duelo y lo que puede representar el arte para algunos a nivel emocional, no está del todo mal. Arsa es una experiencia más bien mixta que dudo vaya a encontrar a un público fuera de los círculos cinéfilos, quienes seguro encontrarán algo de valor en ella.
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