La caída de la ballena

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Basada en la novela de Daniel Kraus, “La caída de la ballena”, de Brian Duffield, es un notable ejercicio de tensión, claustrofobia y algo de emotividad potencialmente cursi. Protagonizada por un excelente Austin Abrams, quien entre este filme y “Resident Evil: noche cero” se ha estado dedicando a pasarla mal en la pantalla grande, “La caída de la ballena” funciona gracias a lo viscerales que se sienten las situaciones por las que pasa su protagonista, y a cómo se utiliza el entrelazado entre pasado y presente para darle algo de significado a todo lo que tiene que hacer para sobrevivir.

Abrams interpreta a Jay, un chico que se va de su pueblo cerca del mar y se muda a Iowa para escapar de su padre, Mitt (Josh Brolin), un buceador experto pero increíblemente severo y estricto. Lamentablemente, Mitt muere mientras Jay se encuentra afuera, y este regresa un año después para acompañar a su madre (Elisabeth Shue) y a sus dos hermanas (Jane Levy y Emily Rudd). No obstante, es justamente al interactuar con ellas luego de visitar el cementerio que el chico se da cuenta de que tiene algo pendiente por hacer; algo que debería permitirle cerrar el círculo y apaciguar sus sentimientos de culpa.


Es así que un día sale temprano en la mañana con su equipo de buceo para encontrar los restos de su padre en el mar; después de todo, es ahí donde Mitt decidió acabar con su propia vida luego de batallar por un tiempo con una enfermedad terrible. Pero una vez bajo el agua, algo sucede que nadie podría haberse esperado. Jay se enreda con un calamar y es tragado por una ballena enorme (un cachalote para ser más exacto). Pero el chico sobrevive, por lo que ahora debe hacer todo lo posible por sobrevivir y salir del interior del animal antes de que se le acabe el oxígeno. Lo cual, como se deben imaginar, es tarea (ridículamente) difícil.

Puede que la premisa de “La caída de la ballena” suene algo absurda, pero paradójicamente (y para mi sorpresa), el filme funciona justamente porque se la toma totalmente en serio. Sí, las probabilidades de que Jay haya sido tragado por el cachalote son increíblemente bajas, pero una vez que uno supera aquel detalle, se termina encontrando con una brutal historia de supervivencia, que luce totalmente verosímil y debería dejarlo sacudido. No hay nada fantastioso acá, pues; no estamos siendo testigos de la historia de Moby Dick, ni de un remake de la escena de la ballena de Pinocho. Jay la pasa realmente mal dentro del cachalote, lo cual resulta en momentos perturbadores, terroríficos, tensos y hasta asquerosos.

Todas aquellas sensaciones son respaldadas por un extraordinario diseño de producción y excelentes efectos especiales y visuales, los cuales logran construir un interior de cachalote absolutamente creíble. Cada espacio por el que Jay pasa (o se arrastra) luce jugoso, asqueroso y táctil, y representa un nuevo obstáculo para que pueda llegar a la libertad. Duffield, además, hace un muy buen uso de lentes angulares y planos macro de la boca, ojos y otras partes de Jay para desarrollar una palpable sensación de claustrofobia, dejando bien en claro que el chico se encuentra en un espacio reducido que, además, se mueve constantemente, intentando triturarlo o masticarlo.


Por otro lado, Duffield se esfuerza en inyectarle algo de emotividad a la película, haciendo que sea algo más que una simple historia de supervivencia. Es así que construye a Jay como un chico que siempre estuvo buscando la aprobación de su padre y que nunca entendió por qué lo trataba con tanta dureza. Se siente culpable por no haber estado con él mientras se moría, y no termina de entender por qué todo el mundo (como sus hermanas, por ejemplo) tiene recuerdos tan distintos a los suyos de él. A través de su experiencia dentro de la ballena, Jay enfrenta todos estos miedos y conflictos internos, los cuales, además, son transmitidos con efectividad a través de diversos flashbacks que nos muestran las complicadas interacciones entre el chico y su padre.

Ahora, por más que el Mitt de Josh Brolin sea parte importante tanto de la narrativa como del arco de personaje de Jay (y Brolin, por supuesto, está perfecto como un padre estricto y algo cruel, que no sabe expresar bien sus emociones), “La caída de la ballena” en realidad le pertenece a Abrams. El joven actor aparece en el noventa y nueve por ciento de las escenas del filme y carga toda la emotividad de la trama sobre sus hombros. De forma sutil, logra desarrollar a Jay como un chico cohibido, parco, que no se siente muy conectado ni con sus hermanas ni con su madre, y que incluso un año después está procesando la muerte de su padre (y el sentimiento de culpa que la acompaña). Abrams destaca tanto en los momentos callados como en las escenas de supervivencia, haciendo que el público conecte con Jay inmediatamente.

No sabía qué esperar de “La caída de la ballena”, y el producto final igual terminó sorprendiéndome. Sí, algunos de los flashbacks, así como el desenlace de la historia, se pueden sentir un poco cursis. Y sí, los personajes femeninos están prácticamente de adorno (no por razones sexistas –espero–, sino más bien porque esta historia no es de ellas) y actrices de la talla de Elisabeth Shue y Jane Levy se sienten totalmente desperdiciadas. Pero a pesar de todo eso, “La caída de la ballena” igual funciona como una tensa y visceral historia de supervivencia, protagonizada por un Austin Abrams pasando por su mejor momento (hasta ahora). El filme los dejará sacudidos y nerviosos, y probablemente con pocas ganas de meterse al mar.

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