La Odisea

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Si hay algo de lo que no se le puede acusar a Christopher Nolan, es de ser repetitivo. A lo largo de los años, el afamado cineasta británico nos ha logrado entregar un poco de todo: una trilogía de superhéroes (Batman Inicia, El caballero de la noche y El caballero de la noche asciende); un thriller de ciencia ficción y misterio (El gran truco); un drama espacial (Interestelar); un filme de atracos interesado en el flujo del tiempo (Tenet) y, por supuesto, un biopic inusual y potente (Oppenheimer). Siempre resulta difícil saber qué es lo que hará a continuación; lo único seguro es que probablemente será bueno y que generará todo tipo de comentarios en redes sociales.

Y eso es precisamente lo que ha sucedido con La Odisea, su “proyecto de pasión” basado en el famoso poema de Homero, que viene a ser una suerte de secuela de La Ilíada, y parte de una serie de ocho historias, de las cuales seis, lamentablemente, se han perdido para siempre (consecuencia de que hayan sido, en su mayoría, transmitidas a través de poemas recitados y no la palabra escrita). Algunos recordarán el libro de cuando iban al colegio; otros, la miniserie noventera con Armand Assante que por años fue transmitida con frecuencia en cable. Y por alguna razón, ciertos espectadores han tratado de comparar la más reciente película de Nolan con la mal recibida Troya (2004), de Wolfgang Petersen, que en su momento fue acusada de ser poco fiel a la obra original de Homero.

Lo cual es algo irónico, ya que ahora le toca a La Odisea ser considerada como una interpretación poco fiel a su fuente de inspiración, siendo comparada desfavorablemente con Troya. Para Vuestro Servidor, se trata de un ejercicio algo absurdo de crítica descontextualizada. Después de todo, estamos hablando de poemas de casi tres mil años de antigüedad, que han sido adaptados y readaptados por miles de personas creativas, para diferentes contextos y culturas. Además, se trata de historias mitológicas, protagonizadas no por personajes históricos reales, sino más bien por figuras ficticias. Sí, hace unos años se descubrieron las ruinas de una ciudad que podría haber sido Troya, pero nada ha sido confirmado. Lo que sabemos, en todo caso, es que lo que Homero (que además puede no haber sido un solo autor) nos narra tanto en La Ilíada como en La Odisea no sucedió. A menos, claro, que crean en dioses majestuosos, cíclopes, brujas y demás.

En todo caso, es importante tener en cuenta que, al ser una leyenda, un mito, una ficción fantástica, La Odisea puede ser reinterpretada de diferentes maneras, con distintos temas y mensajes y caracterizaciones. Y eso es precisamente lo que ha hecho Nolan con su más reciente película, y de forma magnífica. Lo que tenemos acá es un filme épico en el más puro sentido de la palabra; tanto en forma como en fondo, tanto visualmente como sonoramente y narrativamente. Es de lo mejor que ha hecho hasta el momento y el tipo de película que le haría creer en el poder del cine a cualquiera. ¿Es perfecta? No realmente. Pero está muy cerca de serlo.

Al igual que el poema original, La Odisea de Nolan se lleva a cabo hacia el final de la Guerra de Troya, de la cual los griegos, liderados por Agamenón (Benny Safdie), salieron victoriosos. Luego de estar diez años lejos de casa, las legiones griegas pueden regresar, pero el gran guerrero Odiseo (Matt Damon), junto a sus hombres, decide tomar una ruta alternativa (y supuestamente más segura) para llegar a la ciudad de Ítaca. Y es por eso que se terminan perdiendo, alejándose de su familia por poco más de siete años.

Es así, pues, que La Odisea es narrada a través de tres líneas argumentales distintas. En la primera, tenemos a Odiseo sorteando todo tipo de obstáculos y problemas mientras intenta regresar a casa junto a sus compañeros, entre los cuales se encuentra Eurylochus (Himesh Patel), su mejor y fiel amigo. Yendo de isla en isla y de paraje desolado en paraje desolado, se terminan enfrentando a un cíclope gigante, cayendo en la trampa de una bruja llamada Circe (Samantha Morton), y hasta yendo al Hades (el inframundo) para hablar con los muertos.

La segunda línea argumental se lleva a cabo siete años después del final de la Guerra de Troya y se sitúa en el Palacio de Odiseo en Ítaca. En ella, vemos cómo su hijo Telémaco (Tom Holland), ya adulto, tiene que lidiar con decenas de pretendientes que han llegado al palacio para quedarse hasta que la reina Penélope (Anne Hathaway) se decida por un nuevo marido. Después de todo, la mayoría de los griegos asume que Odiseo ha muerto… a excepción de su esposa, su hijo y su fiel sirviente, el ciego Eumaeus (John Leguizamo). Es por esto que Telémaco decide ir a Esparta para visitar a Agamenón, Menelao (Jon Berthnal) y Helena de Troya (Lupita Nyong’o) y preguntarles si saben algo del retorno de su padre.

Finalmente, en la tercera línea argumental tenemos a un Odiseo ya mayor viviendo en una isla paradisiaca junto a la ninfa Calipso (Charlize Theron). Han pasado siete años desde que llegó, y todo ese tiempo ha estado bajo los efectos de la flor de loto, la cual le impide recordar todo lo que pasó antes. Sin embargo, Calipso considera que ya es momento de recordar, por lo que decide incitar a Odiseo a repasar sus recuerdos, los cuales son presentados a través de flashbacks… que nos remontan tanto a la primera línea argumental como al saqueo de Troya. Como muchas de las cintas previas de Nolan, debería quedar claro que La Odisea juega con el tiempo, mezclando el pasado con el presente y diferentes perspectivas, mostrando los recuerdos de su protagonista a veces como secuencias completas y a veces como imágenes breves o inconexas.

La Odisea es, pues, la versión de Nolan de este mito al cien por ciento. El guion respeta todos los elementos narrativos más importantes del poema original, así como la mayoría de caracterizaciones, pero recontextualiza buena parte de la historia para transmitir temas vinculados a la bondad con el prójimo y el fin de una era. Respecto de lo primero, Nolan convierte el concepto de la xenía en la “Ley de Zeus”: la idea de que los griegos siempre deben recibir bien a sus invitados en casa, dándoles comida y amparo, porque hay la posibilidad de que un extraño sea un dios disfrazado.

De forma bastante genial, Nolan utiliza el saqueo de Troya para otorgarle un sentido de culpa palpable a Odiseo: más que una victoria, el filme presenta dicho evento como la forma más insultante de romper con la Ley de Zeus. En vez de vencer a los troyanos de manera justa, los griegos se meten a escondidas en su ciudad, les tienden una trampa y les ganan suciamente. Esto, junto con todas las situaciones fatídicas a las que se enfrenta, genera un estrés postraumático en Odiseo. Él, quien siempre fue un guerrero justo y leal, imperfecto pero valiente, no puede concebir que haya ganado una guerra con tácticas cobardes. Y la manera en que Nolan va esparciendo los flashbacks en Troya a lo largo de la película, para finalmente presentar cierta situación (que involucra la destrucción de una estatua) enteramente recién al final, es simplemente magistral.

Y respecto a lo segundo, Nolan sitúa La Odisea explícitamente durante el Colapso de la Edad del Bronce Tardía. Hay una sensación fuerte de un pronto apocalipsis a lo largo de toda la película; la sensación de que estamos frente a, bueno, el fin de una era, o como lo llaman ciertos personajes, el colapso de una civilización. Los dioses casi no aparecen y cuando lo hacen, es a través de visiones o sucesos climatológicos o destructivos. Y mucho se habla de unos Hombres del Mar, quienes aparentemente están saqueando y acabando con varias aldeas griegas, percibiéndose como un peligro terrible y cercano. Respecto a esto último, La Odisea incluye un giro narrativo inesperado y asombroso, el cual debería dejarle la boca abierta a más de un espectador, y termina por sellar con confianza los temas principales desarrollados por el guion de Nolan.

Apropiadamente, el fin de este era es propuesto como la consecuencia no solo de la ruptura constante de la Ley de Zeus tanto por Odiseo como por pretendientes como el vil Antinous (Robert Pattinson), sino también de la falta de bondad en general por parte de la gente. Es aquí donde uno puede encontrar fascinantes paralelismos con la sociedad occidental contemporánea, especialmente la estadounidense; una sociedad tan enfocada en las supuestas libertades individuales que sus miembros comienzan a ignorar al otro, olvidándose de que ayudar al prójimo sin pensar en sus propios intereses es algo bueno. Siempre resulta gratificante ver una historia situada en el pasado que algo (o mucho) nos dice sobre nuestro presente.

Dejando de lado cualquier aspecto alegórico de La Odisea, el filme de Nolan igual funciona como una experiencia épica sin igual. Filmada enteramente en formato IMAX de 70 mm (lo cual se disfruta al máximo en la única sala IMAX del Perú en Larcomar), la película luce espectacular. Mezclando cámaras en mano que le otorgan una palpable inmediatez a las escenas de violencia y tensión con planos de poquísima distancia focal para los que el foquista debe haber estado sudando a mares, La Odisea logra combinar lo grandilocuente con lo íntimo. Las locaciones reales en Grecia y Marruecos son aprovechadas al máximo, y todo luce absolutamente convincente, lleno de textura.

Incluso cuando la historia exige elementos fantásticos difíciles de recrear en la vida real, Nolan y su equipo optan por soluciones poco convencionales. Consideren al cíclope, el cual es interpretado por un actor, pero también por una marioneta gigante que fue puesta en el interior de una cueva real en una isla griega. O el ataque de unos enemigos gigantes con armaduras intimidantes en medio de un bosque, el cual involucró el uso de actores muy altos en contraposición con dobles de acción de baja estatura. Obviamente hay efectos digitales en La Odisea (especialmente en la secuencia del remolino en el mar y del monstruo de tentáculos gigantes), pero la genialidad de la producción es que nunca depende ni abusa de los mismos.

El resultado, pues, es una película que luce absolutamente orgánica y que demuestra que es posible desarrollar una experiencia totalmente inmersiva sin recursos como el 3D. Esto también se hace evidente a través del arte y diseño de vestuario. La Odisea maneja una propuesta totalmente anacrónica, lo cual no solo justifica el uso de ropa y armadura que poco o nada tienen que ver con lo históricamente correcto, sino también la presencia de actores de diferentes nacionalidades y tonos de piel. Nolan trata a La Odisea como una absoluta fantasía; como el mito que es y no como una representación fidedigna de la Antigua Grecia. Porque nuevamente: nada de lo que escribió Homero sucedió en la vida real.

Consideren, si no, la armadura de Agamenón, la cual luce como una mezcla entre el traje de Darth Vader y el de Batman. Dicha armadura, exagerada, gigante y siempre pulcra, es utilizada para caracterizar a Agamenón como alguien que quiere intimidar sin hacer nada. Nunca se le ve peleando; nunca mata a nadie y nunca se ensucia. Y la única vez que lo escuchamos, tiene una voz suave y de registro alto, nada intimidante. Agamenón es pura intimidad sin acción, como un perro que ladra pero no muerde, y la armadura que se le da representa esto perfectamente. ¿Y los griegos? Como se ha mencionado ya, La Odisea se lleva a cabo durante el fin de una era, y la armadura de Odiseo y compañía representa eso al lucir aburrida, sucia, simplona y hasta genérica. Es una época de decadencia y muerte, y sus trajes representan eso con claridad.

De las actuaciones no me puedo quejar; Nolan ha reunido un reparto de lujo, y aunque algunos tienen roles más prominentes que otros, todos sus actores y actrices hacen un excelente trabajo. Quien destaca más, sin embargo, y como se pueden imaginar, es Matt Damon, quien interpreta a Odiseo como un tipo complejo. Después de todo, es alguien a quien vemos en tres diferentes etapas de su vida, y que pasa de ser un rey justo y valiente, a un líder desesperado, a un hombre confundido e hipnotizado por una ninfa, y a un guerrero sediento de venganza y arrepentido de no haber cumplido con todas las promesas que hizo. Damon le otorga múltiples capas de complejidad a Odiseo, convirtiéndolo en un protagonista fallido y fascinante.

Por su parte, Tom Holland hace un buen trabajo interpretando a Telémaco como un niño que debe convertirse en adulto y hacerse responsable de su madre y su pueblo. Robert Pattinson es el villano perfecto, haciendo de Antinous un tipo al que da gusto odiar. Zendaya aparece poco, pero brilla como Atenea (o lo que podríamos asumir es una visión de Atenea, con el aspecto de alguien que traumó terriblemente a Odiseo). Anne Hathaway da una interpretación emotiva como Penélope, una mujer poderosa e inteligente que ha ocupado el trono de su marido por años, pero que no es tomada en cuenta por el simple hecho de no ser hombre. Samantha Norton tiene una escena espectacularmente perturbadora como Circe; Elliot Page es el perfecto Sinon (el chico más valiente que jamás conoció Odiseo); John Leguizamo hace de un Eumaeus fiel e inteligente, y Travis Scott interpreta a un memorable bardo (aquel que utiliza la tradición oral para contar historias y pasarlas de generación en generación).

La Odisea es el tipo de película que está llena de actores y actrices famosas en papeles pequeños pero importantes, por lo que no puedo mencionar a todos; solo sepan que todos entienden sus roles a la perfección. Lupita Nyong’o, por ejemplo, le inyecta ira y frustración a una Helena de Troya que no vivió feliz para siempre luego de regresar donde Menelao. Y Charlize Theron convence como la ninfa Calipso, quien mantiene atrapado a Odiseo en una isla quizás no por las mejores razones, pero al menos –parece– con buenas intenciones. Mención aparte, eso sí, para Argos el perro (interpretado por dos caninos distintos), probablemente el personaje más leal y tierno de la película.

Por otro lado, el galardonado compositor Ludwig Göransson nos entrega una nueva gran banda sonora para la posteridad. Combinando instrumentos propios de la época de la Edad del Bronce con instrumentalizaciones más tradicionales pero jamás grandilocuentes, lo que hace es desarrollar una atmósfera musical por momentos épica, en otros perturbadora, y en general emotiva y memorable. De hecho, todo el trabajo sonoro en La Odisea es magnífico; desde el sonido de las olas del mar y la lluvia durante las escenas de tormenta con Odiseo y sus hombres, hasta los sonidos de batalla y muerte durante el saqueo de Troya. Pero si hay un sonido que no se me olvidará en un buen tiempo, es aquella nota musical que se produce cada vez que Odiseo pulsa su arco. Lo máximo.

Podría seguir escribiendo sobre La Odisea de Nolan; sobre su extraordinario tercer acto, sobre cómo, para el final, resuelve diferentes semillas narrativas plantadas hacia el inicio, vinculando los flashbacks en Troya con las consecuencias vividas por los personajes en el presente. Sobre la secuencia de Circe y los cerdos, que ha hecho que el público le ruegue a Nolan que se anime a dirigir una película de terror. O sobre lo tanto apocalíptico como esperanzador que es el tono de la historia, dejando en claro que Nolan le ha perdido un poco de fe a la humanidad (probablemente desde que comenzó a escribir Oppenheimer)… pero no toda. La Odisea es una gran obra; de inicio algo desordenado y letárgico, debo admitir, pero igual de las mejores experiencias que pueden tener en un cine este año, y una versión deliciosamente anacrónica, temáticamente relevante, visualmente espectacular y perfectamente actuada de la obra de Homero. Para películas como esta es que se inventó el cine.

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