Si la primera “Terminator” demostró que James Cameron era capaz de desarrollar una historia compleja de ciencia ficción con poco presupuesto y actores relativamente desconocidos, la secuela de 1991, “Terminator 2: el juicio final”, terminó de cementarlo como un cineasta ambicioso y de grandes ideas. Mientras que la primera película era de carácter austero, esta segunda parte es enorme; de las más caras de su época, con efectos visuales revolucionarios y secuencias de acción complicadísimas. Pero nada de eso, felizmente, arruinó lo que más cuenta: su historia y personajes. Y es por eso que “Terminator 2: el juicio final” es considerada por muchos como una de las mejores secuelas de la historia.
Por supuesto, hay quienes opinan distinto, pero dudo que alguien vaya a molestarse si creen que el primer filme es superior al segundo; ambas producciones tienen sus fanáticos, y ambas historias son extraordinarias de formas distintas. Pero para vuestro servidor, “Terminator 2: el juicio final” es particularmente especial: es una cinta de carácter sorprendentemente personal considerando que se trata de robots futuristas, líderes legendarios y el fin del mundo. Puede que la acción sea enorme y las explosiones increíbles, pero el centro emocional de la narrativa está en las relaciones interpersonales. Específicamente, las que entabla su joven protagonista, John Connor (Edward Furlong).

Pero me estoy adelantando. “Terminator 2: el juicio final” se lleva a cabo diez años después de la primera película. Sarah Connor (Linda Hamilton) ha sido encerrada en un hospital de salud mental, luego de haber cometido algunos crímenes junto a su ya mencionado hijo. Y el chico vive ahora con sus padres adoptivos, Janelle (Jenette Goldstein) y Todd (Xander Berkeley), a quienes odia, prefiriendo pasar el tiempo con su mejor amigo Tim (Danny Cooksey). John, lamentablemente, ya ha aceptado el hecho de que su madre está “loca” y de que probablemente no la verá nunca más.
Las cosas se tornan más complicadas, sin embargo, con la llegada de dos cyborgs del futuro. Primero está el T-800 modelo 101 (Arnold Schwarzenegger), quien fue reprogramado por el John del futuro para proteger a su Yo del pasado. Y luego está el nuevo y mejorado Terminator enviado por la inteligencia artificial Skynet, el T-1000 (Robert Patrick), quien ha llegado, como se deben imaginar, para eliminar a John y evitar que haya una rebelión en el futuro. Es así que el T-800 debe proteger al chico, quien además se empecina en rescatar a su madre del hospital a pesar de tener al T-1000 en sus talones. Juntos, el trío hará lo posible por destruir los laboratorios de la corporación Cyberdyne, con la esperanza de que Skynet nunca pueda ser creada.
Narrativamente hablando, “Terminator 2: el juicio final” es igual de directa que su predecesora. De hecho, se puede decir que Cameron generalmente se deleita en desarrollar historias sorprendentemente sencillas, pero situándolas en contextos complejos y creativos, presentando temas complejos de forma simple. “Terminator 2: el juicio final” es el tipo de película que lleva a sus personajes del punto A al punto B y finalmente al punto C, sin mayores distracciones, siendo perseguidos constantemente por un antagonista formidable. No hay más que eso, pero no necesitamos más; la película igual logra transmitir mucha emoción, tanto a través de la construcción de sus personajes como de las grandes secuencias de acción.

Consideren, si no, a la Sarah de Linda Hamilton. La transformación que sufrió la conocida actriz para esta película es simplemente formidable; pasó de ser una mesera común y corriente a convertirse en una soldado tremendamente musculosa (hay cierta escena en el desierto donde los músculos de sus hombros parecen sacados de un diagrama de libro de medicina), habilidosa, aguerrida y un poco paranoica. De forma similar a Kyle Reese en el filme anterior, sufre de estrés postraumático, pero esta vez vinculado a los eventos de la primera cinta, junto con pesadillas que tiene constantemente sobre el fin del mundo. Esta Sarah es una mujer que cubre cualquier vulnerabilidad con un exterior duro, protegiéndose de la oscuridad que se viene.
Sin embargo, es a través de su reencuentro con John que va redescubriendo su humanidad. Al inicio, lo trata más como un objeto importante que debe ser protegido a toda costa que como su hijo. Pero poco a poco, y al ver cómo se relaciona con el T-800 ahora benigno, se da cuenta de que hay ciertas líneas que no deben cruzarse. Y más importante, que fuera de lo que sabe de John en el futuro y de todo lo que le dijo Kyle, se da cuenta de que realmente quiere a su hijo. Es un arco de personaje construido perfectamente e interpretado con verosimilitud y emotividad por una Linda Hamilton que lo da todo, tanto física como sentimentalmente.

Por su parte, el joven Edward Furlong destaca como un pequeño John Connor que, a pesar de ser un niño con intereses de niño (al menos al inicio de la historia), termina siendo tremendamente eficiente e inteligente. Es una interpretación memorable que para ciertos públicos puede resultar un poco desesperante, pero que para este crítico logra convertir a John en un personaje icónico. Y por supuesto, tenemos el retorno de Schwarzenegger, esta vez como un T-800 que se va haciendo más humano mientras la película avanza y mientras se va convirtiendo en la figura paterna que John nunca tuvo. La forma en que su arco va en paralelo con el de Sarah es interesante; ella va recobrando la humanidad que de un tiempo a esta parte perdió, mientras que él va ganando la humanidad que, al ser una máquina, nunca tuvo antes.
Mención aparte para el T-1000 de Robert Patrick. Mientras que el antagonista de la película original era un tanque a pedal; un cyborg pesado y duro y fuerte e implacable, este nuevo Terminator es algo diferente. Para comenzar, imita mejor a los humanos, tanto así que se puede hacer pasar por policía e interrogar a diferentes personas para encontrar a John. Pero lo más importante es que está hecho de metal líquido: no importa cuántas veces le disparan, siempre logra regenerarse, y además puede mezclarse con objetos y lugares, darles forma de armas punzocortantes a sus extremidades, y hasta convertirse en los seres humanos que toca.
Es así que el T-1000 se convierte en uno de los mejores antagonistas del cine de ciencia ficción estadounidense, interpretado con precisión por un Robert Patrick intenso y rápido. Pero en gran parte, el personaje también funciona gracias a los efectos visuales revolucionarios de “Terminator 2: el juicio final”. Consideren que la película salió en 1991; dos años antes de la primera “Jurassic Park”. Y aun así, logró convertirse en un parteaguas de la industria, demostrando que los efectos computarizados podían utilizarse para crear imágenes antes imposibles de construir. En este caso, planos del T-1000 derritiéndose, atravesando rejas, partiéndose en pedazos e imitando a seres humanos.

Y lo crean o no, estos efectos visuales todavía lucen totalmente creíbles. No solo porque son utilizados solo en los momentos en los que deben ser utilizados, sino también porque son pocos y son mezclados con efectos especiales más tradicionales. Sí, el T-1000 virtual está impecablemente animado y renderizado, pero la película también hace uso de incontables explosiones reales, secuencias de acrobacias y peleas con dobles, maquillaje para mostrar a ambos Terminators dañados o partidos en pedazos y tanto locaciones reales como sets completamente creíbles. “Terminator 2: el juicio final” demuestra cómo la mezcla de diferentes técnicas puede resultar en un universo impecablemente construido y por momentos espectacular.
Porque si la película brilla, es también gracias a sus excelentes escenas de acción. Tenemos la persecución vehicular inicial, en la que el T-1000 se lanza en un camión desde un puente y concluye con una enorme explosión (como debe ser). Tenemos el rescate de Sarah en el hospital, que muestra con eficiencia las diferentes habilidades del T-1000. Tenemos el ataque a Cyberdyne, donde Schwarzenegger tuvo que cargar una metralleta de helicóptero con una mano (al parecer, era el único de todo el equipo de rodaje que podía hacerlo). Y por supuesto, tenemos el intenso y emotivo clímax en la fábrica, con los personajes rodeados de máquinas y lava. Si hay algo que no le falta a “Terminator 2: el juicio final”, son momentos icónicos.

De hecho, lo mismo se puede decir del diálogo. Fuera de las líneas clásicas de la primera película que se repiten acá, como “Volveré” o “Ven conmigo si quieres vivir”, tenemos todos los intentos por parte de John de humanizar a su robótico padre putativo. Es así que terminamos con un T-800 diciéndole “no problemo” a John y Sarah cuando les hace un favor o, como ya todo el mundo y su abuelita lo sabe, al mismo personaje diciéndole “Hasta la vista, baby” al T-1000 justo antes de dispararle. Es gracioso, sí, pero también representa cómo este cyborg se va haciendo más vulnerable mientras la historia avanza, aligerando por momentos una narrativa que, valgan verdades, es en realidad bastante oscura y deprimente.
Mucho más podría escribir sobre “Terminator 2: el juicio final”, la verdad. Podría escribir sobre los personajes secundarios que regresan (como el psiquiatra de Earl Boen) o los nuevos que destacan (como el futuro creador de Skynet, Miles Dyson, interpretado por Joe Morton). Podría escribir sobre la tarareable banda sonora de Brad Fiedel, quien logra hacer que el tema principal de la franquicia se sienta incluso más memorable en este filme que en el anterior. Y ciertamente podría escribir sobre cómo, felizmente, la versión que se ha reestrenado en cines en 4K es la original y no la extendida. Esta última no es mala, ya que agrega ciertos momentos que les otorgan algo más de dimensión a los personajes, pero hay algo en lo directo que es el corte original que aprecio bastante.
En fin. “Terminator 2: el juicio final” es muchas cosas: una excelente película de ciencia ficción que sigue con la obsesión de Cameron con las paradojas temporales (resulta, pues, que Dyson solo pudo crear a Skynet porque esta última mandó Terminators al pasado; es decir, ¡Skynet es el responsable de su propia creación, al igual que John Connor de la suya!) pero que introduce el concepto del destino y cómo puede ser transformado. Es un proyecto revolucionario que demostró el potencial de los efectos visuales digitales para las películas. Y es una extraordinaria secuela llena de acción, suspenso, grandes explosiones y personajes memorables. Todo un deleite ver “Terminator 2: el juicio final” en el cine por primera vez; es el tipo de experiencia que todo cinéfilo o cinéfila debería tener por lo menos una vez en su vida.
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