De un tiempo a esta parte, el terror ha estado siendo utilizado para narrar historias que, de otra forma, quizás (y ese es un gran quizás) no llegarían a un público masivo. Esto generalmente se ha visto en filmes que usan elementos sobrenaturales o recursos narrativos propios de dicho género para transmitir temas vinculados al trauma, experiencias personales de la infancia, problemas de familia y mucho más. A veces esto sale bien, pero no siempre —de hecho, “película de terror que habla sobre el trauma” es algo que prácticamente se ha convertido en un meme, por lo que seguir haciéndolo podría hasta considerarse como una decisión riesgosa.
No obstante, vale la pena declarar que “Leviticus: ritual de sangre” es una película que lo hace bien. Dirigida y escrita por el novel cineasta australiano Adrian Chiarella, lo que tenemos acá es una experiencia consistentemente tensa que funciona mejor a nivel metafórico que literal y que demora un poco en arrancar, pero que igual debería dejar a su público perturbado y con ganas de conversar sobre todo lo que ha visto en pantalla. Además, ayuda que cuente con actuaciones centrales potentísimas, así como con un par de secuencias de memorable suspenso. “Leviticus: ritual de sangre” no llega a estar al nivel de algo como “Obsesión”, pero igual establece a Chiarella como una joven y prometedora nueva voz del cine de horror.

“Leviticus: ritual de sangre” se lleva a cabo en un pequeño pueblo industrial en Australia y tiene como protagonista a Naim (Joe Bird, de “Háblame”), un chico de diecisiete años que ha comenzado a pasar tiempo con un compañero de clase llamado Ryan (Stacy Clausen) en un molino abandonado. Lo que al inicio parece ser solo una amistad rápidamente se convierte en algo más, con los dos chicos dándose cuenta de que se quieren y se desean. Lamentablemente, viven en un pueblo altamente religioso, conservador y homofóbico, por lo que deben mantener su relación en secreto.
Las cosas se van al diablo, sin embargo, cuando Naim encuentra a Ryan besándose con otro compañero de clase llamado Hunter (Jeremy Blewitt) y decide contarles a los padres de este último lo que vio. Sin perder el tiempo, los adultos llaman a un Sanador Liberador (Nicholas Hope) que termina ejecutando un misterioso ritual religioso tanto con Hunter como con Ryan frente a la comunidad religiosa del pueblo, a la que pertenecen no solo Naim, sino también su madre, la fría Arlene (Mia Wasikowska, de “Alicia en el País de las Maravillas”, también productora de la cinta). Esto causa que los chicos tiemblen y vomiten, y también que, días después, comiencen a encontrarse con un ente violento que toma la forma de quien más desean.
Es ahí, pues, donde se encuentra el concepto central de “Leviticus: ritual de sangre”: en la existencia de un ente maligno (¿Un demonio? ¿Un espíritu? ¿El Diablo mismo? ¡Quién sabe!) que convierte el amor y el deseo en algo malo. Eventualmente, Naim también pasa por el mismo ritual, y las cosas se ponen realmente interesantes: Ryan tiene miedo de ver a Naim porque no sabe si se encuentra frente al verdadero chico o al ente, y lo mismo pasa con este último respecto a Ryan. Es de esa forma que “Leviticus: ritual de sangre” comienza a construir una palpable sensación de paranoia, con ambos chicos sintiéndose inseguros y siempre con miedo, y con la sensación de estar siendo perseguidos por una versión falsa de su ser querido que los quiere matar.

Vale la pena aclarar, eso sí, que “Leviticus: ritual de sangre” demora bastante en arrancar. Chiarella se toma su tiempo para establecer bien las relaciones entre los protagonistas y desarrollar con paciencia el romance secreto entre Naim y Ryan. Como buena historia de adolescentes, se trata de una relación en la que cada chico va descubriendo el cuerpo del otro; se besan, se tocan, y aunque algunos podrían creer que es algo basado más que nada en lujuria, hay un componente emocional potente que hace que la eventual aparición del ente sea todavía más desgarradora. El sexo y el deseo forman gran parte del autodescubrimiento sexual y de las primeras relaciones románticas en la adolescencia; da gusto ver un filme que no tiene miedo de incluirlos de forma franca, directa y realista.
Ayuda, además, que las dos actuaciones centrales sean tan buenas. Joe Bird, a quien vimos de más pequeño en la notable “Háblame”, está espectacular como Naim, interpretándolo como un chico tímido, de pocas palabras, que claramente solía tener una relación saludable con su madre, pero que al mudarse a este pueblo retrógrado ha comenzado a pasarla mal, alejándose de ella mientras esta se va haciendo más religiosa y conservadora. Bird tiene un rostro interesante y expresivo, y lo utiliza tanto durante los momentos de emoción contenida como en los de intensidad inaguantable, construyendo a Naim como un adolescente creíble, que sabe que está en un lugar donde no pertenece y donde siempre sufrirá.

Por su parte, Stacy Clausen destaca como un Ryan que contrasta perfectamente con Naim. Se da entender que en el colegio ignoraba al otro chico, quizás porque era más popular y extrovertido, pero que en la privacidad –y especialmente en el molino al que convierten en su lugar especial– por fin puede ser quien realmente es. Clausen construye a Ryan como alguien que siempre vivió rodeado de discriminación y miedo, y que lamentablemente sabe cuáles serán las consecuencias de su actual situación. Adicionalmente, Mia Wasikowska destaca como Arlene, la madre de Naim, interpretándola de manera fría y distante; como alguien a quien la religión –supuestamente vinculada al amor de Dios– ha convertido en un ser poco empático, al que no le importa que su hijo esté sufriendo y teniendo miedo constantemente.
Chiarella, por su parte, logra inyectarle una atmósfera interesante a “Leviticus: ritual de sangre”. La película se lleva a cabo en una locación real de carácter industrial y sucio, con los personajes siempre rodeados de parajes naturales medio muertos y antiguas fábricas llenas de torres que botan humo negro. Las casas parecen estar en medio de la nada; lugares como el viejo molino dan a entender que el pueblo, en alguna época, fue un sitio lleno de vida, y el contraste entre lo natural y lo hecho por el hombre le otorga una tensión interesante al filme que corre en paralelo con el conflicto central. Adicionalmente, “Leviticus: ritual de sangre” cuenta con varios momentos de tensión innegable; destacan el inicio, en el que vemos a una chica siendo asesinada en la ducha de una piscina pública; la primera aparición del ente; y la escena en la que este último intenta ingresar a la casa de Naim para matarlo.
A final de cuentas, “Leviticus: ritual de sangre” funciona muy bien como una metáfora de las terapias de conversión y el sufrimiento por el que la gente queer ha tenido que pasar a lo largo de los años. El horror es efectivo porque está bien dirigido, pero también porque está basado en algo real y terrible. Además, uno conecta tanto con la situación como con los personajes gracias a las grandes actuaciones de Bird y Clausen. Sí, la historia demora un poco en arrancar, y sí, si se la toma literalmente puede que no tenga demasiado sentido. Pero en general, “Leviticus: ritual de sangre” no está para nada mal; me dejó perturbado, me dejó sacudido y me incitó a iniciar una interesante conversación posfunción sobre temas de discriminación, miedo, odio y opresión. Será interesante ver lo que hará Chiarella con su siguiente película.
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