Llevándose a cabo en Madrid a fines de los años ochenta, y centrándose en la perspectiva de una niña que recién comienza a entender la vida y sus problemas, La niña de la cabra es una experiencia nostálgica y bien actuada, que seguramente le hará recordar a muchos ciertos aspectos de sus primeros años de vida. Protagonizada por una excelente Alessandra González, la cinta maneja un buen balance entre lo naíf y lo realista, transmitiendo con naturalidad y verosimilitud aquella sensación que a veces tiene uno de pequeño de no poder entender todo lo que sucede al cien por ciento, percibiéndolo como algo ilógico, misterioso o simplemente complicado.
González interpreta a Elena, una niña que vive en Madrid junto a sus padres, Marisa (Lorena López) y Pablo (Javier Pereira). La primera está a punto de hacer la Primera Comunión, cosa que es muy importante tanto para su familia católica, como para el cura del colegio, Carillo (Enrique Villén). Pero Elena tiene otras preocupaciones. Su abuela, también llamada Elena (Gloria Muñoz), acaba de fallecer, y la niña está lidiando con la ausencia de alguien que fue mejor figura materna que su propia madre, así como con el concepto mismo de la muerte. Además, no ayuda que no termine de entender exactamente por qué la Primera Comunión es tan importante.

Su vida cambia, además, cuando conoce a Serezade (Juncal Fernández), una hija de gitanos que se dedica a bailar junto a su cabra en la plaza cerca de la casa de Elena. Curiosa, esta última se va acercando poco a poco a la otra niña, hasta que eventualmente se convierten en grandes amigas. Pero siendo estos los ochenta, los padres de Elena no quieren que su hija interactúe con los romani; de hecho, tienen peleas constantes en casa, principalmente por culpa del alcoholismo de Pablo. Es por eso que Elena finalmente decide escapar de su hogar e irse en secreto con Serezade, lo cual trae consigo interesantes consecuencias.
Utilizando el punto de vista de una niña inocente, La niña de la cabra postula que, como muchos ya deberíamos saber a estas alturas del partido, los seres humanos no nacemos con prejuicios ni ideas preconcebidas sobre otras personas. Por ende, en la cinta terminamos viendo a una Elena que tiene que lidiar con el racismo, el clasismo y hasta el machismo que la rodean. Racismo y clasismo hacia la población romani, y machismo dentro de su hogar, con un padre que constantemente llega borracho a casa, y con una madre que se debe quedar con ella para cuidarla, pero que también tiene un negocio de peluquería en el que Pablo claramente no cree.
Es este ambiente el que motiva a Elena a escapar. No solo porque sus padres se pelean frente o cerca de ella, sino también porque no le prestan mucha atención; no la escuchan, no la entienden y no hablan con ella para tratar temas complicados. Queda claro desde un inicio que la única que verdaderamente la comprendía era su abuela, tanto así que, a diferencia de su madre, por ejemplo, le pide bailar frente a ella, por más que, debido a su enfermedad, no haya podido ir a su show escolar de ballet. Al morir la abuela, Elena se queda verdaderamente sola, y por eso termina pegándose tanto a Serezade.

Adicionalmente, La niña de la cabra utiliza el catolicismo para mostrar las contradicciones en las que viven muchas personas conservadoras. Por un lado, tenemos a padres que obligan a sus hijas a profesar el amor de Dios, pero por el otro los tenemos gritando y discriminando a gente que no es como ellos. Tenemos también a un cura que habla del amor de Cristo, pero que no tiene paciencia a la hora de enseñarle a niños. Y por supuesto, está la escena en la que Elena le pregunta a sus padres sobre la importancia de la Primera Comunión, y estos no tienen respuesta alguna. ¿Realmente entienden los sacramentos, o los hicieron solo porque sí, porque es lo que se espera de la gente? Si ellos no pueden dar explicaciones claras, difícil que su hija llegue a entender lo que está haciendo.
Las actuaciones son todas muy buenas, lo cual es doblemente impresionante teniendo en cuenta que la mayoría de las escenas son protagonizadas por niñas pequeñas. Alessandra González brilla como Elena, interpretándola como una niña común y corriente pero de muchas preguntas, que no termina de entender el mundo en el que los adultos viven. Es curiosa, es simpática y es empática (lo cual se nota en sus primeras interacciones con Serezade, gentiles y dulces). Por su parte, Juncal Fernández está muy bien, también, como Serezade, quien es presentada como una niña igual de normal que Elena, pero de un contexto y una cultura muy distintos. Sabe que es diferente y sabe que ella y su familia son discriminados, pero igual cuenta con aquella inocencia de niña que le impide medir las consecuencias de su amistad recién forjada.
La niña de la cabra funciona porque se siente como los recuerdos de la infancia de una mujer ya adulta; y porque filtra sus temas a través de una mirada infantil y naíf, pero jamás absurda o exagerada. Puede que el guion no nos diga nada particularmente nuevo o impactante, pero lo que hace es transportarnos a una época más sencilla, en la que teníamos que descubrir sensaciones, ideas nuevas, dándonos cuenta, además, de que los adultos no son perfectos, y ciertamente no tienen todas las respuestas. La niña de la cabra demuestra, pues, que a veces son los adultos empecinados en proteger a los niños, los que terminan por hacerles más daño.
Nota: Vi este film gracias a un screener cortesía de Outsider Pictures.
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