¿Quién se hubiese imaginado hace seis años, en plena pandemia, que la original Beckyterminaría generando toda una franquicia –o al menos una trilogía de películas? Y sin embargo, aquí estamos, con el reciente estreno de La última tentación de Becky, secuela tanto de aquella película como de La ira de Becky. Lo que comenzó como una suerte de versión nueva de Mi pobre angelito en clave gore, se ha terminado convirtiendo en toda una aventura de espionaje internacional… también en clave gore. El resultado es la entrega más floja de la trilogía, que felizmente sigue siendo bastante entretenida.
La última tentación de Becky comienza con un prólogo en el que vemos a la Becky del título (Lulu Wilson), ahora de dieciocho años, trabajando para la CIA junto a los agentes Jordan Rigby (Brandon Flynn) y Kate Montana (Kate Siegel). El problema, lamentablemente, es que Becky no puede controlar su ira, por lo que la pequeña psicópata siempre termina desobedeciendo órdenes y haciendo lo que le da la gana. Sin embargo, su jefa, la directora Baker (Fiona Marr), decide darle una última oportunidad y mandarla a su primera misión sola.

Es así que Becky termina llegando a la Guarida del Lobo en Alemania; la locación de la base de operaciones de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, que ahora es manejada por el general Wilhelm Reuss (Neil Patrick Harris) y su familia: su esposa Helga (Catherine Walker), y sus hijos, Luisa (Aoife Hughes) y Otto (Noah Leggott). Resulta, pues, que con la ayuda de un científico demente y varios soldados neonazis, la familia está asesinando gente y drenándoles sangre, todo para cumplir con su sueño de establecer un Cuarto Reich. Y como se deben imaginar, Becky es la única que los puede detener.
Narrativamente hablando, se percibe un gran crecimiento en ambiciones y escala en comparación con las dos películas anteriores. No solo tenemos a Becky trabajando para la CIA, sino que también es enviada a otro país para detener a villanos con ambiciones megalomaníacas. Adicionalmente, el filme intenta construir vínculos con los eventos de la primera Becky; específicamente, conectando al Wilhelm de Patrick Harris con el villano Dominick, de Kevin James. Esto sí se siente un poco más forzado. Todos sabemos que estas películas no fueron concebidas como una franquicia, por lo que intentar conectarlas en retrospectiva se siente muy similar a lo que J.J. Abrams trató de hacer con su Episodio IX de la saga de Star Wars.
Fuera de eso, sin embargo, La última tentación de Becky termina siendo un thriller bastante emocionante de comedia negra, en donde el objetivo de su protagonista es claro: asesinar nazis. Considerando todo lo que está pasando en el mundo, debo agradecer que una nueva cinta presente a dicho culto como lo que verdaderamente era: un grupo de seres ridículos , estúpidos y crueles, obsesionados con conceptos e ideas sin sentido alguno. Sí, se puede argumentar que tener antagonistas idiotas le quita algo de suspenso al filme, pero por otro lado, resulta bastante satisfactorio ver a Becky destruyendo nazi tras nazi sin piedad.

Lo que quizás sí resulta un poco decepcionante es la acción en sí. La mayoría de peleas cuentan con coreografías muy básicas, y aunque entiendo que se ha querido tener a la mismísima Wilson como parte de estos enfrentamientos para maximizar el realismo, a la vez, el no contar con dobles profesionales hace que las trifulcas se vean lentas y hasta poco creíbles. Hay muy poco que La última tentación de Becky haga para hacernos creer que esta chica pequeña pero enfadada sería capaz de matar a tanto hombre adulto. Curiosamente, no es el tipo de problema que generalmente me haga ruido (para mí no suele ser un problema suspender mi incredulidad), pero acá sí me fastidió.
El gore y la violencia inesperada sí logran compensar algunos de los mayores problemas de la cinta, sin embargo. La última tentación de Becky cuenta con momentos chocantemente sangrientos que, sin llegar a lucir particularmente creíbles (de hecho, los efectos visuales en general, desde las explosiones hasta el gore digital, son bastante pobres), contribuyen al tono irreverente de la historia. Y en particular, hay UN momento hacia el final del filme que me mató de risa, principalmente porque trata de cierto giro narrativo (y sorpresa villanesca) con todo el deprecio que algo así merecería en la vida real. No lo spoilearé acá; solo diré que es de lo mejor que la película tiene para ofrecer.
La última tentación de Becky no está mal. Lulu Wilson cautiva como siempre interpretando a una Becky que ya debe conocer de pies a cabeza, y Neil Patrick Harris es sorprendentemente creíble como un neonazi megalómano, tomándose todo el asunto completamente en serio. Pero entre los efectos visuales baratos, las peleas con coreografías simplonas y los vínculos forzados con la primera película, La última tentación de Becky no logra convencer del todo. Se mueve rápido, jamás aburre y es apropiadamente sangrienta, pero definitivamente se siente inferior a las dos producciones previas. Sin embargo, no me molestaría ver más aventuras con la loca de Becky; es más, me encantaría que hicieran una (mejor) cuarta parte, para que la saga concluya por todo lo alto.
Nota: Vi este film gracias a un screener cortesía de Katrina Wan PR.
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