Mistura

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Mistura es una historia sobre la diversidad de influencias culturales que conforman la sociedad limeña y todos sus aspectos: relaciones interpersonales, vestimenta, costumbres y, por supuesto, la gastronomía. Dichos temas son transmitidos a través de una narrativa más bien previsible, influenciada por producciones como la relativamente controvertida Green Book, en donde un personaje blanco y privilegiado crece y se olvida de su crianza discriminadora gracias a la amistad que entabla con alguien perteneciente a una minoría oprimida.

Es un formato clásico que sigue demostrando funcionar, por más que en el caso de Mistura resulte en una experiencia carente de sorpresas, que en general se siente más como una suerte de cuento de hadas –donde el racismo en Lima, al parecer, fue prácticamente resuelto hace sesenta años– que una representación verdadera de cómo fue –y es– la sociedad limeña. Mistura ciertamente tiene buenas intenciones, y en general funciona como una experiencia sorprendentemente ligera –considerando la temática que maneja–, pero creo que también peca de intentar hacer demasiado con una narrativa que se hubiese beneficiado de un enfoque menos amplio.

Mistura se lleva a cabo en la Lima de los años sesenta y tiene como protagonista a Norma Piet (la mexicana Bárbara Mori, con un acento limeño bastante bueno), hija de inmigrantes franceses y miembro de la clase alta de la ciudad. Su esposo es un exsenador llamado Roberto Tapia (Christian Meier), vive en una casa enorme en el corazón de Miraflores, y cuenta con una cocinera llamada Rosa Cóndor (Hermelinda Luján) y un chófer afroperuano llamado Óscar Lara (César Ballumbrosio).

El mundo se le viene abajo, sin embargo, cuando su esposo la abandona para irse con otra mujer (una exMiss Perú menor que él) y su hijo, Gerard (Stefano Meier), se muda a París. Además, un representante del banco llamado José Eyzaguirre (Juan Pablo Olyslager) llega para decirle que, de no pagar sus deudas, le embargarán la casa. Por ende, Norma decide hacerle caso a Óscar, quien poco a poco se va transformando en su consejero, y homenajeando a su padre, funda un restaurante en lo que solía ser el estudio de Roberto. Pero gradualmente, Norma se va dando cuenta de que manejar un restaurante no es fácil, especialmente por cómo la alta sociedad comienza a juzgar a una mujer que nunca trabajó en su vida y que se encuentra al borde del divorcio.

La película claramente cuenta con un punto de vista específico —el de Norma—, el cual le permite desarrollarse como una suerte de historia de redención. Nuestra protagonista comienza la cinta como una mujer dolida pero engreída; no necesariamente mala, pero sí con tendencias algo agresivas, lo cual se ejemplifica cuando acusa a Rosa de ladrona e incluso decide despedirla (luego de que la mujer ha trabajado para su familia durante casi cincuenta años). Pero por supuesto, para el final del filme, se ha transformado en alguien más gentil y tolerante, que llega a apreciar la variedad de la vida y que logra ver más allá de su burbuja privilegiada.

Por supuesto, es un arco de personaje clásico que hemos visto en incontables otras producciones, y que ciertamente funciona. Pero es precisamente por lo mucho que se ha usado, que no puedo evitar pensar que hubiese sido mejor que Óscar fuese el protagonista de Mistura. Después de todo, se trata de un hombre afroperuano en la Lima –racista, clasista, tradicional– de los años sesenta y que, a pesar de contar con su propia familia y amigos y barrio en otra parte, se ve obligado a trabajar como chofer en Miraflores para una familia ridículamente blanca. ¿Por qué no contar su historia, si el propósito de la cinta es, justamente, hablar sobre la opresión y la forma en que las sociedades conservadoras no valoran la diversidad proveniente de la inmigración?

Pero bueno, eso sería escribir sobre otra película. La que nos ocupa en este caso, en realidad, no está mal, justamente porque la relación que se va desarrollando entre Norma y Oscar resulta creíble… hasta cierto punto. No quiero incluir spoilers, por lo que solo diré que hacia el final de la película sucede algo que quizás podría resultar previsible, pero que igual se presenta de forma súbita. Creo que Mistura se hubiese beneficiado de la eliminación de dicha escena, ya que no afecta en mucho ni la postura temática del filme ni a la narrativa en sí, más bien forzando un elemento cuasi-romántico cuando nada particularmente sensual ha sido establecido con antelación.

Eso sí, de las actuaciones no me puedo quejar. Bárbara Mori está creíble como Norma, interpretándola como una mujer que poco a poco intenta escapar de la burbuja donde ha vivido toda su vida, dándose cuenta de que resulta más interesante –y rico, en más de un sentido de la palabra– homenajear a la cocina peruana con su restaurante que a sus raíces francesas. Por su parte, César Ballumbrosio brilla como Óscar, un tipo increíblemente gentil y compasivo –quizás por lo acostumbrado que está a la servidumbre, un tema que la película se niega rotundamente a tocar. Es carismático, es simpático y ayuda a que Norma se dé cuenta de que, sí, ha vivido oprimida al ser una mujer, pero que también puede usar sus considerables privilegios para hacer algo bueno.

Mención aparte, por supuesto, para la comida. Al ser una película llamada Mistura y de temática gastronómica, era lógico que la comida fuera a lucirse como parte de la historia… y sí, ese es el caso. Imposible ver el filme sin que se le haga agua la boca a uno, especialmente cuando el sous-chef de Norma, Raúl Miyakawa (Tomás Matsufuji), comienza a preparar los platos que los clientes del restaurante van pidiendo. A través de dichas preparaciones, de hecho, la cinta va mostrando la riqueza de la gastronomía peruana y todas sus influencias, especialmente cuando Raúl va incluyendo platos de estilo asiático, o –al parecer– termina creando el tiradito (que aparentemente primero se llamaba estiradito).

Mistura, además, es una película que luce bastante bien y que, valgan verdades, aprovecha con inteligencia sus recursos artísticos y técnicos. La dirección de fotografía de Nicolás Wong es vistosa, haciendo que el mundo de gente adinerada y poderosa de Norma y sus allegados se vea atractivo y glamoroso, pero a la vez vacío –especialmente cuando visitan lugares como el Country Club de Lima. Y aunque a la película en general le faltan planos de establecimiento –ya saben, planos de fachadas o exteriores– para hacer que se sienta menos claustrofóbica, cada vez que salimos de la Casa Piet, la Lima de los sesenta es retratada con verosimilitud (gracias a los carros que se muestran y al vestuario utilizado).

Considerando que Mistura lidia con temas como la discriminación, el clasismo y las brechas sociales entre diferentes habitantes de una ciudad conservadora como Lima, se termina sintiendo sorprendentemente light. El conflicto central nunca se siente demasiado grave, los obstáculos que tiene que sortear Norma nunca le causan demasiados problemas –fuera de una breve visita al hospital–, y quien podría haber sido un antagonista memorable –el Roberto de Christian Meier–, curiosamente, no tiene mucho que hacer. No obstante, fuera de una conclusión apresurada y repentina y una ingenuidad algo frustrante, Mistura funciona como una experiencia agradable, bien realizada y actuada, y sí, sabrosa. Nuevamente: solo considérenla como un cuento de hadas y no como una representación fidedigna de lo que pudo haber sucedido en Lima hace sesenta años. De esa forma, seguro que la pasarán bien con el filme.

Nota: Vi este film gracias a un screener cortesía de Outsider Pictures.

Avance oficial:

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