El hombre de los sueños

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¿Qué pasaría si todo el mundo comenzara a soñar con la misma persona? Esa es la idea central de “El hombre de los sueños”, la más reciente producción protagonizada por el gran Nicolas Cage. Una idea que, de ser bien aprovechada, podría resultar en una experiencia intrigante, en la que se podrían manejar distintos conceptos relacionados a la identidad, la naturaleza de los sueños, y hasta el pánico colectivo. Y hasta cierto punto, eso es precisamente lo que hace el filme dirigido y escrito por el noruego Kristoffer Borgli. El que tenga como protagonista a un excelente Cage, por supuesto, no es más que la cereza sobre el irregular pero entretenido pastel.

Cage interpreta a Paul Matthews, un hombre común y corriente. Tan común y tan corriente, de hecho, que sus hijas parecen desesperarse con él, su esposa, Janet (Julianne Nicholson) parece estar demasiado acostumbrada a él, y sus alumnos en la universidad parecen aburrirse a más no poder en sus clases. Paul, además, es caracterizado como un hombre débil; de buen corazón y mejores intenciones, pero incapaz de tener la iniciativa, o de incluso reaccionar apropiadamente cuando una vieja colega, aparentemente, decide robarse muchas de sus ideas para publicar un nuevo libro de investigación sobre las hormigas. Es un hombre, pues, que carece de carácter, razón por la que resulta incluso más curioso que la gente comience a soñar con él.

Esto comienza de forma gradual, con ciertos indicios de que algo raro está sucediendo; gente aleatoria lo empieza a reconocer en la calle, y algunos alumnos se ríen cuando él pasa frente a ellos. Pero a poco a poco, más y más gente comienza a verlo en sus sueños, parado, sin hacer nada en situaciones muy raras. Y es así que, de la noche a la mañana, Paul se convierte en una celebridad, siendo entrevistado en la televisión, y hasta siendo llamado por una agencia de publicidad liderada por el odioso Trent (Michael Cera) para aparecer en comerciales o trabajar de Influencer. Paul, claramente, no está preparado para esto, y mucho menos para cuando los sueños en los que se mete se hacen violentos, incitando a la gente a odiarlo.

Es así, pues, que “El hombre de los sueños” nos presenta la situación perfecta para burlarse de la cultura de la celebridad y los “fandoms”. Tenemos acá a un hombre completamente normal, que de la noche a la mañana se vuelve famoso, pero cuya fama se esfuma tan rápido como vino. Pasa de tener miedo de estar en casa —un hombre extraño se mete a su hogar en medio de la noche, aparentemente con intenciones de asesinarlo— a tener miedo de estar en la calle, por lo mucho que la gente lo odia. Pasa de amar la situación —lo cual no le hace gracia a su esposa—, a odiarla, a sentirse más como un perdedor de lo que se sentía antes. Y pasa de querer aprovechar su actual situación a buscar alternativas para poder vivir en paz.

“El hombre de los sueños” postula, pues, que la fama es efímera, y que especialmente hoy en día, la gente que obtiene sus “quince segundos” debe aprovecharlos al máximo, antes de que las redes sociales se pongan en contra de ellas. Es un mensaje que no podría sentirse más oportuno, y que de hecho vemos en acción día tras día, en redes que promueven gente y temas y situaciones que son inmediatamente reemplazadas por lo siguiente, y asi, ad infinitum. Pero la cinta también tiene mucho que decir sobre los individuos involucrados en esto; sobre, por ejemplo, la gente de las agencias de publicidad, siempre intentando aprovechar a estas nuevas celebridades para vender algo —su imagen, un concepto, un producto— de la forma más absurda posible. En ese sentido, el personaje de Michael Cera funciona perfectamente como la contraparte de Paul; resulta gracioso, por ejemplo, que nunca se acuerde del tema del libro que Paul quiere publicar (ni siquiera cuando parece estar interesado en ayudarlo a sacarlo).

No obstante, es durante la última media hora de película que “El hombre de los sueños” nos pierde un poco, abandonando los temas ya mencionados para centrarse en una sátira de la tecnología que se siente un poco fuera de lugar, como una temática añadida a último minuto cuando Borgli se dio cuenta de que no sabía exactamente cómo terminar su historia. No ayuda, además, que dicha sección incluya a una Amber Midthunder (“Presa”) totalmente desperdiciada —creo que solo aparece por unos cuantos segundos, con un par de líneas de diálogo. En todo caso, sí disfruté de las escenas en París, que además satirizan las diferencias culturales entre los Estados Unidos y Francia —mientras que los americanos terminaron odiando a Paul debido a lo violento que se puso en sus sueños, los franceses terminaron amándolo precisamente por eso.

Como se dio a entender líneas arriba, Nicolas Cage está excelente como Paul Matthews. Ahora que parece haber abandonado las películas de serie B que tuvo que hacer por años para mejorar su situación económica en la vida real, da gusto ver al excéntrico actor aprovechando al máximo un personaje tan interesante como Paul —un hombre de poca iniciativa y menos ambiciones, que sin embargo no es presentado como la caricatura de un perdedor. Cage lo interpreta con empatía, incluso dando a entender que de joven era más atractivo y valiente, y que recién en los últimos años se rindió ante la vida, poniéndose demasiado cómodo con su rutina personal y profesional. Es una actuación sorprendentemente sutil (no encontrarán su “Cage Rage” acá, a excepción de un par de planos muy breves en las secuencias de sueño), que nos hace empatizar con un hombre que se ve involucrado en una situación imposible que no puede controlar.

Sin embargo, si hay algo que me desespera un poco en “El hombre de los sueños”, es la forma en que Borgli decide transmitir la reacción de la gente hacia la fama de Paul. Personalmente, odio cuando un protagonista tiene que pasar por injusticias debido a la manera tan irracional con la que la gente se comporta a su alrededor, y eso es precisamente lo que sucede acá. No quiero incluir spoilers, por lo que solo mencionaré que hay varias instancias en “El hombre de los sueños” que me hicieron pensar ¿por qué hacen eso? ¡Si él no hizo nada!. De hecho, me gustaría pensar que, a pesar de que seguramente mucha gente en la vida real reaccionaría tal y como lo hacen en la película, otros actuarían de forma distinta. La irracionalidad extrema sirve para transmitir los temas que Borgli quiere transmitir en el filme, pero estoy (casi) seguro que no se parece a lo que sucedería en nuestro mundo si algo similar llegase a pasar (espero).

En todo caso, por más de que “El hombre de los sueños” tenga varios defectos, el balance general es positivo. No me fascinó como pensé que me iría a fascinar, pero igual no puedo dejar de recomendar la película. Lo que tenemos acá, pues, es una experiencia extremadamente original, con una premisa llena de potencial bien aprovechado, que mucho nos dice sobre la naturaleza efímera de la fama en el mundo moderno, las redes sociales, las agencias de publicidad, y de forma algo aleatoria, la tecnología. Nic Cage está sublime —y de las actuaciones secundarias tampoco me puedo quejar— y el estilo de dirección de Borgli, haciendo uso de insertos breves de imágenes sin sonido, y escenas que hacen dudar al espectador sobre lo que es real o no, contribuye a sobremanera a la experiencia. “El hombre de los sueños” es de lo más interesante que van a poder encontrar en cartelera estos días —asegúrense de ir a verla antes de que la quiten de los cines.

Avance oficial:

80%
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